El Nacimiento de Jesús (SUD)


MATEO

Capitulo 1: 18 – 25

Mt.1:18-25, Lc.2:1-7

Tan definitivas son las profecías que designan a Belén, pequeño poblado de Judea, como el lugar de su nacimiento, como las que declaran que el Mesías nacería del linaje de David. Parece que nunca hubo diversidad de opinión entre los sacerdotes, escribas o rabinos sobre el asunto, ni antes del gran acontecimiento, ni después. Belén, a pesar de ser pequeño y casi sin importancia en lo concerniente a tráfico y comercio, gozaba de doble estimación entre los judíos por ser el sitio donde había nacido David, así como el lugar del cual habría de venir el Mesías esperado. María y José vivían en Nazaret de Galilea, muy lejos de Belén de Judea; y en la época a que nos estamos refiriendo, se acercaba rápidamente la maternidad de la virgen.

En esos días llegó un decreto de Roma, en el cual se ordenaba un empadronamiento del pueblo en todos los reinos y provincias que eran tributarios del Imperio. El mandato era de aplicación general, pues disponía “que todo el mundo fuese empadronado”. El empadronamiento de los subditos romanos tenía por objeto formar una base, de acuerdo con la cual se podrían determinar las contribuciones de los distintos pueblos.

Este censo particular fue el segundo de tres empadronamientos generales de la misma naturaleza, que, según los historiadores, ocurrieron en intervalos de aproximadamente veinte años. De haberse efectuado el censo en la manera romana acostumbrada, cada persona se habría empadronado en el sitio donde residía; mas la costumbre judía, respetada por la ley romana, exigía el empadronamiento en las ciudades o pueblos que las familias respectivas declaraban como el lugar de su origen. En lo que respecta a que si era estrictamente mandatoria esta exigencia de que cada familia se registrase en la ciudad de sus antepasados, no es de incumbencia particular para nosotros; el hecho es que José y María fueron a Belén, la ciudad de David, para inscribirse de acuerdo con el decreto imperial.

El pequeño pueblo se encontraba lleno de gente en esa época, lo más probable por motivo de la multitud que había llegado para dar cumplimiento al decreto de referencia. Como consecuencia, José y María no pudieron hallar un hospedaje más deseable, y tuvieron que conformarse con las condiciones de un campo improvisado, como antes lo habían hecho viajeros sin número, y como desde ese día lo han hecho innumerables personas, en esa región y en otras partes. No tenemos razón para considerar estas circunstancias como evidencia de pobreza extremada; no cabe duda que causó inconveniencias, pero no constituye prueba concluyente de grave aflicción o sufrimiento. Fue mientras se hallaba en esta situación, que María la Virgen dio a luz a su primogénito, el Hijo del Altísimo, el Unigénito del Padre Eterno, Jesús el Cristo.

De las circunstancias consiguientes al nacimiento, pocos son los detalles que nos son dados. No nos es dicho el tiempo que transcurrió entre la llegada de María y su esposo a Belén, y el nacimiento. Bien pudo haber sido la intención del evangelista que escribió la historia, referirse a los asuntos netamente de interés humano con cuanta brevedad lo permitiera la narración de los hechos, a fin de que los incidentes sin importancia no ocultaran ni sobrepujaran la verdad central. Todo lo que hallamos en las Santas Escrituras del propio nacimiento es lo siguiente: “Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.” Contrastan vivamente la sencillez y brevedad de la narración bíblica con su escasez de detalles incidentales, y la acumulación de circunstancias fabricadas por la imaginación de los hombres, la mayoría de las cuales ningún apoyo tienen en la historia autorizada, y en muchos respectos son plenamente incongruentes y falsas. En un asunto de tanta trascendencia, no es sino prudente y propio segregar y conservar aparte las afirmaciones auténticas de los hechos, y los comentarios imaginativos de historiadores, teólogos y escritores de novelas, así como también las rapsodias emocionales de poetas y fantasías artísticas labradas, ora con cincel, ora con pincel.

Desde el principio de su existencia, Belén había sido la morada de gente que se dedicaba principalmente a ocupaciones pastorales y agrícolas. Por lo que se sabe del pueblo y sus alrededores, es congruente hallar que al tiempo del nacimiento del Mesías—que fue en la primavera del año— había rebaños en los campos, así de día como de noche, bajo el solícito cuidado de sus apacentadores. Fue a un grupo de estos humildes pastores que se comunicó la primera proclamación de que el Salvador había nacido. La historia dice sencillamente:
“Había’ pastores es la misma región que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: |Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”
Nunca jamás había comunicado un ángel, ni recibido hombre alguno, nuevas de tan magna importancia: nuevas de gran gozo reveladas a pocos, por cierto, a los más humildes de la tierra; nuevas que estaban destinadas a extenderse entre todos los pueblos. No sólo hay una grandeza sublime en el cuadro, sino una autoridad divina en el mensaje; y el punto culminante es algo que los pensamientos del hombre nunca jamás habrían podido concebir: la aparición repentina de una multitud de los ejércitos celestiales cantando, a oídos de seres humanos, el más breve, más congruente y más verdaderamente completo de todos los himnos de paz jamás entonados por un coro de mortales o de espíritus. ¡Qué consumación tan anhelada! ¡En la tierra paz! Pero ¿cómo la puede haber sino por la preservación de la buena voluntad para con los hombres? ¿y en qué otra forma podría tributarse más eficazmente gloria en las alturas a Dios?
Los confiados y sencillos guardianes de las ovejas no habían pedido una señal o confirmación; su fe obró al unísono con la comunicación celestial; y sin embargo, el ángel les dio una señal, como él la llamó, para orientarlos en su búsqueda. Sin esperar más, se dieron prisa para ir, porque dentro de su corazón creían, y más aún, sabían; por tanto, determinaron: “Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.”‘ Hallaron al Niño en el pesebre, y cerca de El a su madre y a José y habiendo visto, salieron y testificaron de la verdad concerniente al Niño. Volvieron a sus rebaños, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto.
Se encierra un significado tan profundo como la emoción que todos deben sentir al leer la afirmación, al parecer parentética, del evangelista: “Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” Es evidente que la gran verdad concerniente a la persona y misión de su Hijo divino aún no se desenvolvía por completo en su mente. Todo el conjunto de acontecimientos, desde la salutación de Gabriel hasta el testimonio reverente de los pastores concerniente al anuncio del ángel y las huestes celestiales, constituía en su mayor parte un misterio para aquella inmaculada madre y esposa.

(Talmage, Jesús el Cristo, pág. 56-57).

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2 respuestas a El Nacimiento de Jesús (SUD)

  1. Erick G Gonzalez dijo:

    me siento tan humilde y agradecido con esta que creo es la mejor historia de mi vida

  2. Erick G Gonzalez dijo:

    gracias por preparar el camino mi amado Jesus, para llegar al Padre.

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