La Conversión de Jesús (OV)

Me parece muy valiente por parte de Pagola, al tratar del bautismo de Jesús, plantearse la cuestión de que este hecho innegable -Jesús se sometió voluntariamente a un bautismo por el perdón de los pecados- pudo y de hecho planteó serios problemas teológicos a la Iglesia primitiva.

A este propósito deseo aclarar que estamos utilizando el libro de J. A. Pagola, con todo respeto, porque me parece que es una excelente guía para indicarnos cuáles son los intereses y orientaciones de la moderna exégesis confesional sobre Jesús. Nos proporciona una vía oportuna sobre qué comentarios pueden ser interesantes o convenientes al respecto desde otro punto de vista, el filológico o el meramente histórico.

No conozco personalmente a Pagola, pero me ha interesado el fenómeno de ventas y mediático que ha supuesto su libro. Creo que ha sabido connectar muy bien con mucha gente de este país. Sólo por eso merece nuestra admiración, y precisamente por ello sus puntos de vista, tan extendidos, merecen también ser examinados y discutidos.

El primero de esos problemas a los que arriba aludíamos era: ¿No podrá ser Jesús inferior al Bautista (es decir, su discípulo, en vez de que el Bautista fuera un mero precursor), y el segundo, como acabamos de apuntar, ¿no se indicaba con ello que Jesús era también un pecador?

Opina Pagola (p. 74) que el hecho del bautismo era innegable; la tradición no podía obviarlo y por eso se recogió en los evangelios, pero que fue presentado por los evangelistas cristianos de un modo que no menoscabara la “dignidad de Jesús”.

Se sobreentiende que una vez que tras la muerte de aquél se hubo formado una teología/cristología clara sobre su persona que incluía su impecabilidad -puesto que de algún modo se penaba ya que era divino- había que conjuntar esta opinión con el hecho real de haber recibido un “bautismo para el perdón de los pecados”.

Me parece también muy valiente por parte del autor cuya obra comentamos que presente claramente cómo los evangelistas arreglan el problema teológico.

1. Marcos (en 1, 9-11) lo hace añadiendo una teofanía justificativa: el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús como una paloma.

“De esta manera todos podían entender que, a pesar de haberse dejado bautizar por Juan, Jesús era en realidad aquel personaje ‘más fuerte’ del que hablaba el Bautista”.

Con estas palabras indica Pagola indirectamente que la teofanía que presenta Marcos es un producto claro de la teología postpascual, no adscribible al nivel del Jesús de la historia.

2. Mateo (3,14-17) y Lucas (3,21-22) siguen a Marcos.

· El primero da un paso más sobre Marcos: “Cuando Jesús se acerca para ser bautizado, el Bautista trata de apartarlo… con las siguientes palabras ‘Soy yo el que necesita ser bautizado…’”. La dignidad de Jesús queda salvada, puesto que todos los lectores saben que el administrador del bautismo, Juan, no era reo de ningún pecado.

3. Lucas “no necesita hacer ningún retoque” (¡!), pues

“Aunque menciona el bautismo de Jesús suprime la intervención del Bautista, que está ya encarcelado por Herodes Antipas. Es Jesús quien ocupa toda la escena: mientras está orando, vive la experiencia religiosa sugerida por Marcos (p. 74)”.

4. El arreglo del problema teológico es máximo en el Cuarto Evangelio, puesto que simplemente lo elimina, cortando por lo sano.

“El cuarto evangelista ni siquiera narra el bautismo; Juan ya no es el bautizador de Jesús, sino el testigo que lo declara como ‘cordero de Dios’ que quita el pecado del mundo, y que viene a ‘bautizar con el Espíritu Santo’”.

Me parece muy honesto y valiente por parte de Pagola que exponga con tanta nitidez la actuación de los evangelistas ante un problema teológico y cómo lo arreglan presentando la realidad de otra manera…, o suprimiéndola.

Pero confieso que me habría gustado que Pagola hubiera obtenido –y presentado al lector- las consecuencias metodológicas de su exposición: los autores de los evangelios canónicos, como obras en parte históricas y en parte de propaganda de una fe, son capaces de manipular la realidad presentándola a la luz de una teología que es claramente postpascual. Pagola, sin embargo, se contenta sólo con afirmar “Dejemos por ahora esta lectura cristiana posterior” (p. 74) ¿Es bastante?

El relato del bautismo en sus cuatro versiones sirve para pensar que si los evangelistas lo hacen una vez –es decir, presentar a sus lectores hechos manipulados-, pueden hacerlo más veces. Es ésta una observación nada nueva por cierto, porque desde comienzos del siglo XIX los libros que estudian críticamente los evangelios están llenos de planteamientos por el estilo.

Debemos entonces formularnos críticamente, siempre y en cada caso, en qué grado son fidedignos los evangelistas. Opino que este planteamiento pone en cuestión la viabilidad científica de afirmaciones generalistas del tipo “El único Jesús” (se sobreentiende que real y objetivo históricamente, porque si se trata de un Jesús subjetivo no hay discusión alguna) “es el de los evangelios”.

Nuestro colega Fernando Bermejo se hace eco de ello en su ensayo “La negación de la historicidad de Jesús en Bruno Bauer” (en la obra colectiva ¿Existió Jesús realmente? El Jesús de la historia a debate[A. Piñero, ed.], Editorial Raíces, Madrid 2008, 34ss) cuando comenta que para Bauer, que publicó su obra en tres volúmenes Crítica de la historia evangélica de los Sinópticos en 1841-1842,

El “problema principal de la obra de David Friedrich Strauss, La vida de Jesús críticamente examinada de 1835, era que no había sopesado y valorado las fuentes, no había apreciado críticamente los documentos como tales ni les había dado unos valores relativos de verosimilitud, sino que los había aceptado en su valor aparente” (pp. 34-5).

Por Antonio Piñero

El Bautismo de Jesús según David Flusser (OV)

Señala oportunamente Flusser que la teología de Juan Bautista sobre la necesaria, o conveniente, inmersión del pecador en el agua era muy parecida a la de los esenios, sin ser él mismo de esta secta, al menos en el momento en el que estaba bautizando.

A Juan Bautista, en efecto, le parecía muy bien que la gente ya arrepentida se sumergiera en las aguas del Jordán. ¿Por qué? Porque, según su manera de pensar, el ser humano cuando ha cometido algún pecado queda también ritualmente impuro. En un principio, el pecado y la pureza/impureza ritual llevaban en el judaísmo caminos separados; eran cosas distintas. Se podía ser impuro ritualmente sin haber pecado y, sobre todo, al revés: se podía pecar y no ser estrictament hablando un impuro. Es decir, tras arrepentirse ante Dios, no se necesitaba ningún tipo de acción (por ejemplo lavarse con agua corriente) para volver a ser puro ritualmente.

Pero hacía tiempo que muchos pensaban, como los esenios, en esa unión de pecado = impureza ritual. En este sentido, a Juan Bautista le parecía conveniente que la gente se bautizara por dos motivos:

Uno: el bautismo era un signo externo de haberse ya arrepentido interiormente y haber alcanzado el perdón divino.

Dos: la impureza ritual contraída por una vida pecadora quedaba eliminada por las aguas lustrales del Jordán.

En la Regla de la comunidad de Qumrán, columna V, 13-14, se lee:

“Nadie entre en las aguas para participar (luego) en el alimento puro de los hombres de santidad (los miembros de la comunidad de Qumrán) a no ser que se convierta (antes) de su maldad, pues es impuro entre los transgresores de Su palabra” (1QS).

Opina Flusser que esta similitud de teología Juan Bautista con los esenios permite aplicar a la teología del primero otra noción de la teología de los segundos. A saber, la intervención del Espíritu Santo (es decir, Dios como espíritu) en el perdón de los pecados. Dice la misma Regla:

“Por el Espíritu de santidad (= santo) que le une a la verdad es purificado el hombre de todos sus pecados” (1QS 3,7-8). “Por tanto los esenios vinculaban el arrepentimiento con el perdón de los pecados, y a éste con el Espíritu santo” (p. 42).

Probablemente se pensaba que el Espíritu Santo actuaba no una sino dos veces en este proceso del perdón de los pecados/eliminación de la impureza contraída. Una impulsando al arrepentimiento. Otra en el acto mismo del bautismo.

Por ello, indica Flusser, por esta actuación del Espíritu no es extraño que algunos tuviesen especiales experiencias de carácter espiritual y extático en el momento en el que Dios como Espíritu actuaba en ellos. La experiencia de Jesús, en su bautismo, de una manifestación celeste (Mc 1,11-12 = Mt 3,17) se encuadra en este marco teológico-psicológico. Se cuenta en el judaísmo de la época que los piadosos oían tales voces celestes cuando tenían trances extático-espirituales.

Se ve cómo Flusser intenta ofrecer una explicación racionalista psicológica a lo que cuentan los evangelistas, en la que insiste en que la experienca psíqueica de jesús fue verdadera.

Es mucho más dudosa la opinión de Flusser cuando afirma que los evangelistas probablemente mudaron las palabras de la Voz celestial. Para él, el tenor original de esa Voz era una cita bíblica, de Isaías 42,1:

“He aquí mi siervo a quien sostengo; mi elegido en quien se complace mi alma; he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones”.

Fundamenta su opinión en dos razones:

a) porque por lo general –y en cuanto puede saberse por la tradición judía- las voces celestes eran citas de la Escritura.

Y b) porque las nociones de “siervo” y “elegido” no son títulos estrictamente mesiánicos y se corresponden mejor a lo que, según Flusser y muchso otros, debía de ser la conciencia de Jesús acerca de su misión celeste, que se correspondía más con la de un profeta que con la un mesías estricto (al estilo judío, habría que añadir).

De todos modos, añade Flusser, aun aceptando la versión tradicional evangélica, el título de “hijo” tampoco se corresponde mal con la autoconciencia de Jesús. Obsérvese de nuevo la explicación racionalista de Flusser: la gente tiene visiones dentro de su marco cultural. los judíos oyen en sus visiones voces que le repiten conceptos de la Escritura.

Por tanto, no es posible dudar de la historicidad de la experiencia vivida por Jesús en su bautismo, dice Flusser. Los evangelistas no hicieron otra cosa que dar mayor viso de realidad –la escena ocurrió, según su mente, de un modo objetivo- a lo que no había sido más que una experiencia extática, de trance visionario por parte de Jesús.

La experiencia del bautismo condicionó el marco geográfico de la misión de Jesús. Si Jesús venía de Nazaret, lo más probable es que el lugar del bautismo fuera el punto en el que el río Jordán desemboca en el lago de Genesaret. “Efectivamente, allí estaba Betsaida, ciudad natal de los hermanos Andrés y Pedro, a quienes según el Evangelio de Juan (1,40-44) encontró Jesús en el momento de su bautismo” (p. 44). Santiago y Jesús, hijos del Zebedeo eran también pescadores en el lago.

Luego, como Jesús sabía muy bien que su familia no aprobaba lo que había hecho, es decir, no estaba muy de acuerdo con su extremismo religioso, Jesús no vuelva a Nazaret, sino que hace de Cafarnaún su lugar de residencia. Jesús es muy consciente de que su familia se había separado de él (p. 37). Así el entorno geográfico de su ministerio más inmediato se explica por el lugar de su bautismo, por su amistad con Pedro y por la enemistad de su familia.

Ahora bien, según nuestro autor, más que precisar el lugar geográfico de su actividad pública, es importante precisar y aclarar el tenor de las relaciones mutuas entre Jesús y Juan Bautista después de ser bautizado por éste.

Por Antonio Piñero

Mt.3:16 ¿Cuál es el significado del Espíritu Santo descendiendo como una paloma? (SUD)

Mt. 3:16

“Los cuatro autores de los Evangelios dicen que el Espíritu descendió ‘como paloma’; Lucas añade que también vino en ‘forma corporal’; y el Libro de Mormón dice que vino ‘en la forma de una paloma’ (1 Ne.11:27; 2 Ne. 31:8). José Smith dijo que Juan ‘llevó al Hijo del Hombre a las aguas del bautismo, y tuvo el privilegio de ver al Espíritu Santo descender en forma de paloma, o mejor dicho, en la señal de la paloma,como testimonio de esa administración’.”Luego el Profeta da esta explicación: ‘La señal de la paloma fue instituida desde antes de la creación del mundo como testimonio o testigo del Espíritu Santo, y el diablo no puede presentarse en la seña o señal de la paloma. El Espíritu Santo es un personaje y tiene la forma de una persona. No se limita a la forma de la paloma, mas se manifiesta en la señal de la paloma.
El Espíritu Santo no puede transformarse en paloma; pero se dio a Juan la señal de la paloma para simbolizar la verdad del hecho, así como la paloma es el emblema o representación de la verdad y la inocencia’
(Smith,Enseñanzas, pág. 338; Itálicas agregadas).
‘De este modo es evidente que Juan fue testigo de la señal de la paloma, que vio al Espíritu Santo descender en la forma corporal del personaje que es que el descenso fue como el de una paloma’”
(McConkie, DNTC, 1:123-24).