Algunas diferencias entre el pensamiento de Juan Bautista y el de los esenios de Qumrán (OV)

Hay notables diferencias entre el pensamiento de Juan Bautista y el de los esenios de Qumrán. Y son precisamente éstas las que más luz pueden aportar para la respuesta a la cuestión planteada, a saber, las relaciones entre el Bautista y la comunidad de Qumrán.

Las divergencias afectan sobre todo al rasgo más importante que caracteriza la misión de Juan, su bautismo. Si contrastamos esta práctica con las inmersiones diarias de Qumrán, en realidad apenas encontramos más que diferencias:

• El bautismo de Juan era un acto único, no una continua serie de abluciones;

Señala con acierto Pagola:

“El deseo de purificación generó entre los judíos del siglo I una difusión sorprendente de la práctica de ritos purificatorios… sobre todo en Qumrán… donde se practicaban a lo largo del día baños y ritos de purificaciones en pequeñas piscinas dispuestas especialmente para ello” (p. 68)

El bautismo de Juan no era realizado por un individuo sobre sí mismo, como en Qumrán, sino que era otra persona quien bautizaba a un postulante.

J. A. Pagola señala también con justeza esta diferencia en p. 69:

“Hay algo todavía más original en el bautismo de Juan. Hasta la aparición de Juan Bautista no existía entre los judíos la costumbre de bautizar a otros […]. Por eso precisamente lo empezaron a llamar ‘bautizador’ o ‘sumergidor’” (p. 69)

• En Juan el bautismo tenía un carácter casi sacramental: era como un signo de que Dios había perdonado las transgresiones del pecador una vez que éste había abierto el camino al perdón con el arrepentimiento interior y el propósito de la enmienda; en Qumrán, por el contrario, nada sabemos de una relación directa de las abluciones cultuales con el perdón de los pecados, ni con la conversión, pues tales ritos los practicaban los miembros de la comunidad ya convertidos.

Es bueno recordar aquí el famoso texto de Flavio Josefo enAntigüedades judías, XVIII 116-119:

“Para algunos judíos les parecía que la derrota del ejército de Herodes Antipas (ante el rey de los nabateos Aretas) era una justa venganza divina como castigo por lo que había hecho a Juan Bautista. Aunque éste exhortaba intensamente a los judíos a practicar la virtud, la justicia unos con otros y la piedad para con Dios. (Les decía luego) que se bautizaran. Pues a él le parecía que el bautismo era una práctica aceptable, no para conseguir (por sí misma) el perdón de los pecados, sino (como muestra) de la limpieza del cuerpo, puesto que el alma había sido limpiada previamente por la justicia. Pero cuando otros (muchos) se unían al movimiento de conversión y se exaltaban en extremo al escuchar sus palabras, empezó a temer Herodes que la persuasión de los discursos de aquel condujera a alguna forma de sedición, porque daban la impresión de estar dispuestos a hacer lo que el consejo de Juan les indicara. El tetrarca pensó que debía tomar la delantera antes de que se produjera alguna revolución, no fuera que luego, tras verse caído (en la trampa) de los hechos tuviera que arrepentirse. Así pues, por las sospechas de Herodes, Juan Bautista fue conducido como prisionero a Maqueronte, la fortaleza que antes mencionamos, y allí fue asesinado. Pero era opinión de los judíos que el ejército (de Herodes) había sido aniquilado como un castigo, pues era voluntad de Dios hacer daño a Herodes”.

• El bautismo de Juan pudo tener también un significado simbólico ausente de las abluciones diarias qumranitas: representar, como en el pasado del Éxodo, el paso desde Transjordania, donde él bautizaba, hasta la tierra prometida de Israel. Nada de esto parece haber existido entre los esenios de Qumrán.

Por consiguiente: en muy poco, o en casi nada, se parecen las características propias del bautismo de Juan a las inmersiones cultuales de los esenios. Por tanto, no parece que la práctica bautismal de Juan proceda del ambiente teológico de Qumrán.

Por Antonio Piñero

Alimentación y vestido de Juan Bautista en comparación con los de los esenios (OV)

Dijimos ya anteriormente que en realidad tampoco sabemos de dónde viene este bautismo de Juan, pues hasta que se manifestó en Israel el Bautista parece que nadie antes en el judaísmo se había dedicado a bautizar masivamente a otros hombres, y menos para significar el perdón de los pecados.

Por otro lado, si el bautismo de Juan hubiera procedido de los esenios, y el Bautista mismo hubiera sido un miembro de la comunidad de Qumrán, su rito bautismal debería haber sido un acto de iniciación en la comunidad esenia, lo cual es evidentemente absurdo…, considerando cómo era el pensamiento exclusivista de la secta: la admisión a ese bautismo de toda clase de pecadores y gente del pueblo llano, ritualmente no pura, incluso hasta soldados (cf. Mt 3,5), habría puesto los pelos de punta a cualquier qumranita convencido.

La alimentación y el vestido de Juan tampoco se parecen a lo que sabemos de los qumranitas por los manuscritos del Mar Muerto, en donde sabemos que en ocasiones solemnes se bebía si no vino, una suerte de “mosto”, ciertamente al parecer una bebida alcohólica. Esto era impensable en un nazir, un consagrado como era el Bautista, cuyo voto excluía absolutamente cualquier bebida alcohólica.

Más bien tenemos la impresión de que la llamativa vestimenta que portaba Juan y su alimento singular iban destinados a impresionar al público, a demostrar con signos externos que él era un profeta venido del “desierto”, el último mensajero divino, al estilo de Elías (véase Malaquías 3, 1-5: “He aquí que yo envío a mi mensajero a allanar mi camino delante de mí…”, que parece ser un texto profético que guió la actuación de Juan Bautista.), antes del fin del mundo.

Añadamos, finalmente, otro par de rasgos –oportunamente señalados por Pagola en p. 71 nota 27-que separan a Juan Bautista del mundo teológico de los esenios. Estos son:

• El ofrecimiento universal de la salvación.

• La predicación acerca del “más fuerte”

El texto de Lc 1,80 (“El niño [Juan Bautista] crecía y su espíritu se fortalecía, vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel”), aducido por muchos investigadores como indicio de que Juan Bautista fue uno de esos jovencitos acogidos por los esenios para instruirlos en la Ley (al estilo de Flavio Josefo, como cuenta él mismo en su Vida II 10-12: un tal Bano, un eremita que vivía en el desierto, portaba una vestimenta hecha a base de hojas, se alimentaba de alimentos silvestres y se lavaba noche y día, para purificarse ritualmente con agua fría), no me parece necesariamente probativo de una relación precisamente con los esenios. Hay otras posibilidades de interpretación, aparte de que no sabemos si ese dato del evangelio es histórico o meramente un detalle redaccional de Lucas para colmar la laguna entre el nacimiento de Juan Bautista y su aparición en público.

En conclusión: no parece en absoluto probable que Juan Bautista fuera un qumranita, ni tampoco un esenio. No basta la cercanía geográfica del lugar de su predicación y sus prácticas bautismales para postular una dependencia o concomitancia estrecha del pensamiento de Juan con el de los esenios de Qumrán.

Los rasgos más destacados del mensaje de Juan -el arrepentimiento, el perdón de los pecados, la cercanía inmediata del terrible juicio divino, el camino hacia Dios a través de la conversión (y del bautismo), el juicio por el fuego, la obediencia a la Ley, o un distanciamiento del culto en el Templo (sin llegar a polemizar contra él, como los qumranitas)- pueden explicarse perfectamente por la religiosidad judía corriente en la época, es decir, por la atmósfera religiosa apocalíptica y profética común a grupos de piadosos del momento, sin tener que recurrir necesariamente a una dependencia o contacto estricto de Juan Bautista con Qumrán.

Es más, el interés por todos los pecadores que mostraba el Bautista, la falta de atención a la pureza ritual y la práctica concreta y generalista de su bautismo parecen excluir positivamente a Juan de la comunidad que estaba detrás de los manuscritos del Mar Muerto. Si alguna vez llamó a la puerta de ese “monasterio”, probablemente ni le abrieron. Escribe acertadamente Pagola:

“Juan no está pensando en una comunidad cerrada, como la de Qumrán; su bautismo no es un rito de iniciación para formar un grupo de elegidos. Juan lo ofrece a todos. En el Jordán se está iniciando la ‘restauración’ de Israel. Los bautizados vuelven a sus casas para vivir de manera nueva, como miembros de un pueblo renovado, preparado para acoger la llegada inminente de Dios” (p. 71).

Hacer de Juan Bautista “el Maestro de Justicia” de Qumrán, como hace años en la obra de Barbara Thiering que tuvo cierta difusión (Jesus and the riddle of the Dead Sea Scrolls. Unlocking the secrets of his life story [= “Jesús y el enigma de los rollos del mar Muerto. Descubrimiento de los secretos de su vida"] San Francisco 1992), fue buscar conscientemente el sensacionalismo para, en lo posible, forrar cumplidamente la bolsa propia en el mercado de los best sellers religiosos, o bien fue una muestra de un pseudo cientificismo, que me parece hoy día superado.

Sin embargo, es cierto, que el estudio de los textos de Qumrán nos ayuda a enmarcar y comprender mejor el ambiente de exaltación apocalíptica en el que vivían variados grupos de piadosos judíos del momento y la incandescente atmósfera mesiánica en la que se desarrolló la figura de ese Bautista, que tanto debió de influir en Jesús.

Por Antonio Piñero

Juan el Bautista y el Reino de Dios (OV)

Señala J. A. Pagola en su libro sobre Jesús cómo era el punto de vista de Juan Bautista sobre los “últimos tiempos”. Si no he leído mal, no emplea nuestro autor la expresión el “reino de Dios” para describir cómo concebía el Bautista esos instantes. Ahora bien, parece que la descripción que -según los Evangelios sinópticos- hace el Bautista de estos momentos es bastante parecida en mi opinión a la que tendrá Jesús sobre el Reino (en su momento nos detendremos sobre ello). Creo que es éste también uno de los puntos de concomitancia entre Juan y Jesús que es conveniente destacar, a pesar de algunas diferencias obvias.

El Bautista pensaba en primer lugar en una primera etapa de preparación para esos “momentos finales”, caracterizada por su predicación y que consistía en la (última) invitación de Dios por medio del profta al arrepentimiento y a la observancia de la Ley. Esa preparación tenía su lugar físico, en el desierto, en torno al profeta mismo. El proclamador de esos momentos era el Bautista, se supone que por encargo divino.

La primera etapa concluía con lo que habría de ser como un gran juicio divino purificador, al que Juan llama “bautismo de fuego” (Mt 3,11). El Bautista –siempre según los Evangelios sinópticos- no describe expresamente cómo será tal juicio, pero las imágenes que emplea para aludir a él son muy duras y fuertes: un hacha que corta los árboles malos (Mt 3,10); un bieldo terrible, agitado por un agricultor (Dios) poderoso, que separa la paja –los malvados-, la arroja al fuego, y deja el grano en el sitio que le corresponde: los buenos, los que oyen y e dejan convencer por su mensaje (Mt 3,12).

La segunda etapa tiene lugar en la tierra de Israel. No está protagonizada por el Bautista, quien desempeña tan sólo la función de precursor, sino por uno al que él mismo denomina “más fuerte que él” (Mc 1,7) y que es “el que ha de venir” (Mt 11,3). Llama la atención que la tradición evangélica no ponga en boca de Juan una caracterización de ese “más fuerte” con vocablos como “mesías”, o algo parecido. No hay más precisiones.

Señala oportunamente Pagola que la comunidad cristiana no emplea nunca estas dos expresiones, “el (más) fuerte” y “el que ha de venir” para designar a Jesús como mesías, de donde se deduce que con gran probabilidad que se trataba del lenguaje propio del Bautista.

“El gran juicio purificador desembocará en una nueva situación de paz y vida plena” en la que habrá una gran transformación espiritual: “Israel experimentará la fuerza transformadora de Dios, la efusión vivificante de su espíritu” (escribe Pagola en p. 73).

Se sobreentiende sin necesidad de decirlo expresamente que si esta segunda etapa tiene lugar en la tierra prometida constará de momentos en los que la vida sea dichosa y placentera, llena de abundantes bienes de esa misma tierra, bendecida por Dios. Al igual que en la predicación profética en general del Antiguo Testamento, y en la mentalidad de los apócrifos de ese mismo Testamento, Dios proveerá con grandes riquezas materiales a sus justos que vivirán una vida dichosa como en una “Jauja” feliz.

En mi opinión, como veremos, el reino de Dios de Jesús –que comienza también con una etapa previa que es su opredicación de la venida del Reino, y cuya primera fase se corresponde bien con la etapa plena de Juan Bautista después del juicio-, se concibe igualmente como que se realizará en la tierra de Israel. en conjunto no parece aventurado afirmar que ambas concepciones -las de Juan Bauista y Jesús- comparten en buena medida estos rasgos.

Y éste es el marco ideológico y las propuestas del Bautista que en su conjunto debieron de atraer poderosamente a Jesús desde Nazaret…, tanto que dejó su trabajo y se fue a recibir el bautismo de manos de Juan.

Si esto es así, tenemos ya un punto de partida seguro, desde el punto de vista de la teología, para situar a Jesús ideológicamente: Jesús comienza su periplo con una mentalidad que acepta el marco interpretativo de la historia que le ofrece el Bautista. Luego habrá que ver cómo evoluciona Jesús, si cambia o no sustancialmente este marco y qué ideas nuevas aporta.

Igualmente hay que señalar, como ya lo hicimos, que Juan Bautista sólo tiene en mente que esa segunda etapa -que podemos llamar también “reino de Dios” en la tierra- es sólo, o muy principalmente, para judíos convertidos. No parece haber en la mentalidad del Bautista –como veremos que también ocurre en Jesús- ninguna mentalidad universalista.

Señalaba Fernando Bermejo que

“Los destinatarios de la predicación del judío Juan Bautista fueran sólo judíos parece estar fuera de duda”. “El texto de Flavio Josefo (que hemos transcrito en una de las postales anteriores: Antigüedades XVIII 117: “Juan Bautista exhortaba intensamente a los judíos a practicar la virtud, la justicia unos con otros y la piedad para con Dios. (Les decía luego) que se bautizaran”) lo dice explícitamente, y por lo demás se deduce de la visión religiosa del Bautista, del talante global de su mensaje y de la localización de su actividad” (postal del 02-05-07).

Por último señalar que el hombre Jesús debía de tener una cierta –al menos- conciencia de pecado cuando se decidió a recibir el bautismo. De lo contrario, tendríamos que suponer que el acto fue una mera comedia, Y esta suposición me parece aberrante en el marco intelectual de un israelita piadoso en el siglo I.

Por Antonio Piñero

La Conversión de Jesús (OV)

Me parece muy valiente por parte de Pagola, al tratar del bautismo de Jesús, plantearse la cuestión de que este hecho innegable -Jesús se sometió voluntariamente a un bautismo por el perdón de los pecados- pudo y de hecho planteó serios problemas teológicos a la Iglesia primitiva.

A este propósito deseo aclarar que estamos utilizando el libro de J. A. Pagola, con todo respeto, porque me parece que es una excelente guía para indicarnos cuáles son los intereses y orientaciones de la moderna exégesis confesional sobre Jesús. Nos proporciona una vía oportuna sobre qué comentarios pueden ser interesantes o convenientes al respecto desde otro punto de vista, el filológico o el meramente histórico.

No conozco personalmente a Pagola, pero me ha interesado el fenómeno de ventas y mediático que ha supuesto su libro. Creo que ha sabido connectar muy bien con mucha gente de este país. Sólo por eso merece nuestra admiración, y precisamente por ello sus puntos de vista, tan extendidos, merecen también ser examinados y discutidos.

El primero de esos problemas a los que arriba aludíamos era: ¿No podrá ser Jesús inferior al Bautista (es decir, su discípulo, en vez de que el Bautista fuera un mero precursor), y el segundo, como acabamos de apuntar, ¿no se indicaba con ello que Jesús era también un pecador?

Opina Pagola (p. 74) que el hecho del bautismo era innegable; la tradición no podía obviarlo y por eso se recogió en los evangelios, pero que fue presentado por los evangelistas cristianos de un modo que no menoscabara la “dignidad de Jesús”.

Se sobreentiende que una vez que tras la muerte de aquél se hubo formado una teología/cristología clara sobre su persona que incluía su impecabilidad -puesto que de algún modo se penaba ya que era divino- había que conjuntar esta opinión con el hecho real de haber recibido un “bautismo para el perdón de los pecados”.

Me parece también muy valiente por parte del autor cuya obra comentamos que presente claramente cómo los evangelistas arreglan el problema teológico.

1. Marcos (en 1, 9-11) lo hace añadiendo una teofanía justificativa: el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús como una paloma.

“De esta manera todos podían entender que, a pesar de haberse dejado bautizar por Juan, Jesús era en realidad aquel personaje ‘más fuerte’ del que hablaba el Bautista”.

Con estas palabras indica Pagola indirectamente que la teofanía que presenta Marcos es un producto claro de la teología postpascual, no adscribible al nivel del Jesús de la historia.

2. Mateo (3,14-17) y Lucas (3,21-22) siguen a Marcos.

· El primero da un paso más sobre Marcos: “Cuando Jesús se acerca para ser bautizado, el Bautista trata de apartarlo… con las siguientes palabras ‘Soy yo el que necesita ser bautizado…’”. La dignidad de Jesús queda salvada, puesto que todos los lectores saben que el administrador del bautismo, Juan, no era reo de ningún pecado.

3. Lucas “no necesita hacer ningún retoque” (¡!), pues

“Aunque menciona el bautismo de Jesús suprime la intervención del Bautista, que está ya encarcelado por Herodes Antipas. Es Jesús quien ocupa toda la escena: mientras está orando, vive la experiencia religiosa sugerida por Marcos (p. 74)”.

4. El arreglo del problema teológico es máximo en el Cuarto Evangelio, puesto que simplemente lo elimina, cortando por lo sano.

“El cuarto evangelista ni siquiera narra el bautismo; Juan ya no es el bautizador de Jesús, sino el testigo que lo declara como ‘cordero de Dios’ que quita el pecado del mundo, y que viene a ‘bautizar con el Espíritu Santo’”.

Me parece muy honesto y valiente por parte de Pagola que exponga con tanta nitidez la actuación de los evangelistas ante un problema teológico y cómo lo arreglan presentando la realidad de otra manera…, o suprimiéndola.

Pero confieso que me habría gustado que Pagola hubiera obtenido –y presentado al lector- las consecuencias metodológicas de su exposición: los autores de los evangelios canónicos, como obras en parte históricas y en parte de propaganda de una fe, son capaces de manipular la realidad presentándola a la luz de una teología que es claramente postpascual. Pagola, sin embargo, se contenta sólo con afirmar “Dejemos por ahora esta lectura cristiana posterior” (p. 74) ¿Es bastante?

El relato del bautismo en sus cuatro versiones sirve para pensar que si los evangelistas lo hacen una vez –es decir, presentar a sus lectores hechos manipulados-, pueden hacerlo más veces. Es ésta una observación nada nueva por cierto, porque desde comienzos del siglo XIX los libros que estudian críticamente los evangelios están llenos de planteamientos por el estilo.

Debemos entonces formularnos críticamente, siempre y en cada caso, en qué grado son fidedignos los evangelistas. Opino que este planteamiento pone en cuestión la viabilidad científica de afirmaciones generalistas del tipo “El único Jesús” (se sobreentiende que real y objetivo históricamente, porque si se trata de un Jesús subjetivo no hay discusión alguna) “es el de los evangelios”.

Nuestro colega Fernando Bermejo se hace eco de ello en su ensayo “La negación de la historicidad de Jesús en Bruno Bauer” (en la obra colectiva ¿Existió Jesús realmente? El Jesús de la historia a debate[A. Piñero, ed.], Editorial Raíces, Madrid 2008, 34ss) cuando comenta que para Bauer, que publicó su obra en tres volúmenes Crítica de la historia evangélica de los Sinópticos en 1841-1842,

El “problema principal de la obra de David Friedrich Strauss, La vida de Jesús críticamente examinada de 1835, era que no había sopesado y valorado las fuentes, no había apreciado críticamente los documentos como tales ni les había dado unos valores relativos de verosimilitud, sino que los había aceptado en su valor aparente” (pp. 34-5).

Por Antonio Piñero

El Bautismo de Jesús según David Flusser (OV)

Señala oportunamente Flusser que la teología de Juan Bautista sobre la necesaria, o conveniente, inmersión del pecador en el agua era muy parecida a la de los esenios, sin ser él mismo de esta secta, al menos en el momento en el que estaba bautizando.

A Juan Bautista, en efecto, le parecía muy bien que la gente ya arrepentida se sumergiera en las aguas del Jordán. ¿Por qué? Porque, según su manera de pensar, el ser humano cuando ha cometido algún pecado queda también ritualmente impuro. En un principio, el pecado y la pureza/impureza ritual llevaban en el judaísmo caminos separados; eran cosas distintas. Se podía ser impuro ritualmente sin haber pecado y, sobre todo, al revés: se podía pecar y no ser estrictament hablando un impuro. Es decir, tras arrepentirse ante Dios, no se necesitaba ningún tipo de acción (por ejemplo lavarse con agua corriente) para volver a ser puro ritualmente.

Pero hacía tiempo que muchos pensaban, como los esenios, en esa unión de pecado = impureza ritual. En este sentido, a Juan Bautista le parecía conveniente que la gente se bautizara por dos motivos:

Uno: el bautismo era un signo externo de haberse ya arrepentido interiormente y haber alcanzado el perdón divino.

Dos: la impureza ritual contraída por una vida pecadora quedaba eliminada por las aguas lustrales del Jordán.

En la Regla de la comunidad de Qumrán, columna V, 13-14, se lee:

“Nadie entre en las aguas para participar (luego) en el alimento puro de los hombres de santidad (los miembros de la comunidad de Qumrán) a no ser que se convierta (antes) de su maldad, pues es impuro entre los transgresores de Su palabra” (1QS).

Opina Flusser que esta similitud de teología Juan Bautista con los esenios permite aplicar a la teología del primero otra noción de la teología de los segundos. A saber, la intervención del Espíritu Santo (es decir, Dios como espíritu) en el perdón de los pecados. Dice la misma Regla:

“Por el Espíritu de santidad (= santo) que le une a la verdad es purificado el hombre de todos sus pecados” (1QS 3,7-8). “Por tanto los esenios vinculaban el arrepentimiento con el perdón de los pecados, y a éste con el Espíritu santo” (p. 42).

Probablemente se pensaba que el Espíritu Santo actuaba no una sino dos veces en este proceso del perdón de los pecados/eliminación de la impureza contraída. Una impulsando al arrepentimiento. Otra en el acto mismo del bautismo.

Por ello, indica Flusser, por esta actuación del Espíritu no es extraño que algunos tuviesen especiales experiencias de carácter espiritual y extático en el momento en el que Dios como Espíritu actuaba en ellos. La experiencia de Jesús, en su bautismo, de una manifestación celeste (Mc 1,11-12 = Mt 3,17) se encuadra en este marco teológico-psicológico. Se cuenta en el judaísmo de la época que los piadosos oían tales voces celestes cuando tenían trances extático-espirituales.

Se ve cómo Flusser intenta ofrecer una explicación racionalista psicológica a lo que cuentan los evangelistas, en la que insiste en que la experienca psíqueica de jesús fue verdadera.

Es mucho más dudosa la opinión de Flusser cuando afirma que los evangelistas probablemente mudaron las palabras de la Voz celestial. Para él, el tenor original de esa Voz era una cita bíblica, de Isaías 42,1:

“He aquí mi siervo a quien sostengo; mi elegido en quien se complace mi alma; he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones”.

Fundamenta su opinión en dos razones:

a) porque por lo general –y en cuanto puede saberse por la tradición judía- las voces celestes eran citas de la Escritura.

Y b) porque las nociones de “siervo” y “elegido” no son títulos estrictamente mesiánicos y se corresponden mejor a lo que, según Flusser y muchso otros, debía de ser la conciencia de Jesús acerca de su misión celeste, que se correspondía más con la de un profeta que con la un mesías estricto (al estilo judío, habría que añadir).

De todos modos, añade Flusser, aun aceptando la versión tradicional evangélica, el título de “hijo” tampoco se corresponde mal con la autoconciencia de Jesús. Obsérvese de nuevo la explicación racionalista de Flusser: la gente tiene visiones dentro de su marco cultural. los judíos oyen en sus visiones voces que le repiten conceptos de la Escritura.

Por tanto, no es posible dudar de la historicidad de la experiencia vivida por Jesús en su bautismo, dice Flusser. Los evangelistas no hicieron otra cosa que dar mayor viso de realidad –la escena ocurrió, según su mente, de un modo objetivo- a lo que no había sido más que una experiencia extática, de trance visionario por parte de Jesús.

La experiencia del bautismo condicionó el marco geográfico de la misión de Jesús. Si Jesús venía de Nazaret, lo más probable es que el lugar del bautismo fuera el punto en el que el río Jordán desemboca en el lago de Genesaret. “Efectivamente, allí estaba Betsaida, ciudad natal de los hermanos Andrés y Pedro, a quienes según el Evangelio de Juan (1,40-44) encontró Jesús en el momento de su bautismo” (p. 44). Santiago y Jesús, hijos del Zebedeo eran también pescadores en el lago.

Luego, como Jesús sabía muy bien que su familia no aprobaba lo que había hecho, es decir, no estaba muy de acuerdo con su extremismo religioso, Jesús no vuelva a Nazaret, sino que hace de Cafarnaún su lugar de residencia. Jesús es muy consciente de que su familia se había separado de él (p. 37). Así el entorno geográfico de su ministerio más inmediato se explica por el lugar de su bautismo, por su amistad con Pedro y por la enemistad de su familia.

Ahora bien, según nuestro autor, más que precisar el lugar geográfico de su actividad pública, es importante precisar y aclarar el tenor de las relaciones mutuas entre Jesús y Juan Bautista después de ser bautizado por éste.

Por Antonio Piñero