029.3

29.3 ¿Juan bautizaba por inmersión?

Señala oportunamente Flusser que la teología de Juan Bautista sobre la necesaria, o conveniente, inmersión del pecador en el agua era muy parecida a la de los esenios, sin ser él mismo de esta secta, al menos en el momento en el que estaba bautizando.

A Juan Bautista, en efecto, le parecía muy bien que la gente ya arrepentida se sumergiera en las aguas del Jordán. ¿Por qué? Porque, según su manera de pensar, el ser humano cuando ha cometido algún pecado queda también ritualmente impuro. En un principio, el pecado y la pureza/impureza ritual llevaban en el judaísmo caminos separados; eran cosas distintas. Se podía ser impuro ritualmente sin haber pecado y, sobre todo, al revés: se podía pecar y no ser estrictament hablando un impuro. Es decir, tras arrepentirse ante Dios, no se necesitaba ningún tipo de acción (por ejemplo lavarse con agua corriente) para volver a ser puro ritualmente.

029.3Pero hacía tiempo que muchos pensaban, como los esenios, en esa unión de pecado = impureza ritual. En este sentido, a Juan Bautista le parecía conveniente que la gente se bautizara por dos motivos:

Uno: el bautismo era un signo externo de haberse ya arrepentido interiormente y haber alcanzado el perdón divino.

Dos: la impureza ritual contraída por una vida pecadora quedaba eliminada por las aguas lustrales del Jordán.

En la Regla de la comunidad de Qumrán, columna V, 13-14, se lee:

“Nadie entre en las aguas para participar (luego) en el alimento puro de los hombres de santidad (los miembros de la comunidad de Qumrán) a no ser que se convierta (antes) de su maldad, pues es impuro entre los transgresores de Su palabra” (1QS).

Opina Flusser que esta similitud de teología Juan Bautista con los esenios permite aplicar a la teología del primero otra noción de la teología de los segundos. A saber, la intervención del Espíritu Santo (es decir, Dios como espíritu) en el perdón de los pecados. Dice la misma Regla:

“Por el Espíritu de santidad (= santo) que le une a la verdad es purificado el hombre de todos sus pecados” (1QS 3,7-8). “Por tanto los esenios vinculaban el arrepentimiento con el perdón de los pecados, y a éste con el Espíritu santo” (p. 42).

Probablemente se pensaba que el Espíritu Santo actuaba no una sino dos veces en este proceso del perdón de los pecados/eliminación de la impureza contraída. Una impulsando al arrepentimiento. Otra en el acto mismo del bautismo.

Por ello, indica Flusser, por esta actuación del Espíritu no es extraño que algunos tuviesen especiales experiencias de carácter espiritual y extático en el momento en el que Dios como Espíritu actuaba en ellos. La experiencia de Jesús, en su bautismo, de una manifestación celeste (Mc 1,11-12 = Mt 3,17) se encuadra en este marco teológico-psicológico. Se cuenta en el judaísmo de la época que los piadosos oían tales voces celestes cuando tenían trances extático-espirituales.

Se ve cómo Flusser intenta ofrecer una explicación racionalista psicológica a lo que cuentan los evangelistas, en la que insiste en que la experienca psíqueica de jesús fue verdadera.

Es mucho más dudosa la opinión de Flusser cuando afirma que los evangelistas probablemente mudaron las palabras de la Voz celestial. Para él, el tenor original de esa Voz era una cita bíblica, de Isaías 42,1:

“He aquí mi siervo a quien sostengo; mi elegido en quien se complace mi alma; he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones”.

Fundamenta su opinión en dos razones:

a) porque por lo general –y en cuanto puede saberse por la tradición judía- las voces celestes eran citas de la Escritura.

b) porque las nociones de “siervo” y “elegido” no son títulos estrictamente mesiánicos y se corresponden mejor a lo que, según Flusser y muchso otros, debía de ser la conciencia de Jesús acerca de su misión celeste, que se correspondía más con la de un profeta que con la un mesías estricto (al estilo judío, habría que añadir).

De todos modos, añade Flusser, aun aceptando la versión tradicional evangélica, el título de “hijo” tampoco se corresponde mal con la autoconciencia de Jesús. Obsérvese de nuevo la explicación racionalista de Flusser: la gente tiene visiones dentro de su marco cultural. los judíos oyen en sus visiones voces que le repiten conceptos de la Escritura.

Por tanto, no es posible dudar de la historicidad de la experiencia vivida por Jesús en su bautismo, dice Flusser. Los evangelistas no hicieron otra cosa que dar mayor viso de realidad –la escena ocurrió, según su mente, de un modo objetivo- a lo que no había sido más que una experiencia extática, de trance visionario por parte de Jesús.

La experiencia del bautismo condicionó el marco geográfico de la misión de Jesús. Si Jesús venía de Nazaret, lo más probable es que el lugar del bautismo fuera el punto en el que el río Jordán desemboca en el lago de Genesaret. “Efectivamente, allí estaba Betsaida, ciudad natal de los hermanos Andrés y Pedro, a quienes según el Evangelio de Juan (1,40-44) encontró Jesús en el momento de su bautismo” (p. 44). Santiago y Jesús, hijos del Zebedeo eran también pescadores en el lago.

Luego, como Jesús sabía muy bien que su familia no aprobaba lo que había hecho, es decir, no estaba muy de acuerdo con su extremismo religioso, Jesús no vuelva a Nazaret, sino que hace de Cafarnaún su lugar de residencia. Jesús es muy consciente de que su familia se había separado de él (p. 37). Así el entorno geográfico de su ministerio más inmediato se explica por el lugar de su bautismo, por su amistad con Pedro y por la enemistad de su familia.

Ahora bien, según nuestro autor, más que precisar el lugar geográfico de su actividad pública, es importante precisar y aclarar el tenor de las relaciones mutuas entre Jesús y Juan Bautista después de ser bautizado por éste.

Por Antonio Piñero

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