T04.11

(4.11). Cómo se redactaban y difundían los libros en la Antigüedad 

Los libros en la Antigüedad que nos afecta, el siglo I de nuestra era, no eran por regla general escritos por sus autores directamente. El autor dictaba casi siempre a un amanuense, ya de memoria, ya consultando notas o esbozos redactados en pizarras, en maderas recubiertas de cera o en trozos de pergamino o papiro. Como soporte físico de la escritura de libros y cartas corrientes se empleaba normalmente el papiro. Sólo los ricos podían utilizar el pergamino, formado de pieles de animales caros, como la vaca o la ternera, limpias o raídas del vellón, bien estiradas y adobadas, hasta formar una superficie apta para la fijación de la tinta. Los grupos cristianos más solventes económicamente utilizaron también este material, sobre todo cuando el canon de sus Escrituras propias estaba ya formado y se necesitaba difundir los textos que llevaban el marchamo de sagrados. 

T04.11El papiro «se elabora a partir de los tallos de la planta de la que toma el nombre, muy común en el antiguo Egipto. Se cortaba en tiras finas y se sobreponían unas a las otras en capas cruzadas hasta formar largas tiras, que se enrollaban formando lo que en latín se llamaba un volumen (‘un rollo, algo enrollado’). Se escribía generalmente por un lado, en varias columnas separadas por espacios, que formaban los márgenes. Se escribía sobre las fibras horizontales (‘recto’); al enrollarse el volumen, éstas quedaban en la parte interior del rollo» (Trebolle, Biblia, 95). Sólo en casos excepcionales se escribía también por el exterior, las fibras verticales, el «verso». Como el papiro es un material débil (sólo algunas partes de Egipto, de clima casi absolutamente seco, han conservado papiros antiguos) y se deteriora rápidamente, es fácil comprender la necesidad de copiar y recopiar cualquier texto que se considerara importante. Es claro que en esta operación podían producirse múltiples errores. El mal estado de la fuente misma (por ejemplo, la no distinción clara de las letras) podía conducir a equivocaciones. En la transmisión del texto del Nuevo Testamento esta función de copia y recopia ha tenido una importancia extrema. De ello trataremos en el capítulo dedicado a la transmisión hasta hoy del texto del Nuevo Testamento. 

La forma de «volumen» o rollo tenía su importancia a la hora de determinar la extensión de un libro: no debía sobrepasar un determinado número de vueltas del papiro, de modo que fuera manejable y transportable. La manejabilidad y el tamaño fue una de las razones por las que la obra de Lucas, concebida como una unidad en dos partes, se dividiera luego en dos libros distintos, el tercer Evangelio y los Hechos de los apóstoles, como si el autor los hubiera concebido como dos entidades diferentes. Posteriormente, los cristianos irán abandonando el engorroso formato del rollo, y a mediados del siglo II se irá imponiendo el formato del códice, al estilo de nuestros libros actuales, formado por hojas de papiro pequeñas, dobladas y cosidas, hasta formar cuadernillos que podían, a su vez, unirse unos detrás de los otros. Hasta el momento en el que los cristianos se deciden a utilizar masivamente este formato, los códices se reservaban para escritos técnicos u obras de poca importancia. Desde luego no para textos de índole religiosa, sagrados. 

Debemos suponer que desde la muerte de Pablo comenzaron a copiarse sus cartas y a distribuirse entre las comunidades más afectas a su persona. Igualmente es seguro que entre la masa de «evangelios» que los distintos grupos y autores iba generando (a juzgar por lo que dice Lucas en su prólogo y los fragmentos y títulos que nos han llegado, entre el siglo I y II se compusieron cerca de un centenar de evangelios), los más aceptables se fueron copiando y se intercambiaron entre las comunidades. Finalmente, otros escritos de circunstancias, como las cartas de segunda y tercera generación cristianas, se recopiaron y se distribuyeron por lo menos entre un grupo amplio de comunidades cristianas, aquellas a las que iban dirigidas gracias a su tono más general. 

Así podemos imaginar con verosimilitud el proceso por el cual se fueron copiando y recopiando los textos venerados por los cristianos hasta bien entrado el siglo II. Es en este momento cuando la Iglesia hubo de hacer una selección: éste será el tema del capítulo siguiente.

(Guía para entender el Nuevo Testamento, Antonio Piñero, Pág. 39-41)

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