T04.10

(4.10). ¿Qué tipo de libros componen el Nuevo Testamento?

Los primeros cristianos eran llamados «nazarenos» (Hechos 24,5). En el transcurso de un breve tiempo, sin embargo, Cuando la nueva fe se extendió fuera de Palestina, en concreto en Antioquia de Siria, alguien inventó el nombre de «cristianos», derivado del griego cristós, que significa «ungido», «mesías». Así pues, los primeros creyentes en Jesús eran denominados «mesianistas». Eran por tanto un grupo o «secta» judía, que se diferenciaba de los demás sólo porque afirmaba que Jesús, un crucificado, era el mesías. Estas gentes no tenían al principio una «Biblia» propia, sino que sus «sagradas Escrituras» eran las mismas que cualquier otro grupo judío. Y en realidad no necesitaban más.

T04.10No tener escritos propios tenía un cierto fundamento. En primer lugar, Jesús no escribió nada, ni tampoco ordenó a sus discípulos que compusieran libros para conservar sus palabras. Segundo, los cristianos primitivos no pensaban que estuvieran formando una nueva religión. Si se le hubiera preguntado a Pablo, incluso al final de su vida, si él estaba configurando una religión nueva, consideraría la pregunta un disparate. El Apóstol había dejado claro en su Carta a los romanos, que los nuevos creyentes, incluidos los paganos, no eran más que un injerto en el olivo antiguo de la religión judía. Los creyentes en Jesús se consideraban más bien, lo mismo que los autores de los manuscritos del mar Muerto, el verdadero Israel, continuador y perfeccionador de la antigua y venerable religión de los antepasados. A ese nuevo Israel se habrían de incorporar un cierto número de paganos determinado por Dios y predicho por los profetas para constituir el Israel entero a la espera del final de la historia.

moisesEl nuevo grupo pensaba que los demás judíos habían abandonado de hecho la Alianza con Dios, ya que rechazaban al mesías enviado. Y Si los cristianos eran el verdadero Israel, no necesitaban nuevas Escrituras. Les bastaba con las que ya tenían., sólo que era preciso interpretarlas correctamente, de modo que se descubriera cómo daban pleno testimonio de Jesús, el verdadero mesías, el «cristo». Por tanto, lo que hoy llamamos Antiguo Testamento era la única Biblia de los primeros nazarenos/cristianos. Poco a poco, sin embargo, en el seno de los diversos grupos o iglesias, se generaron escritos internos y para uso interno. Es probable que lo primero que pasó al papiro, pergamino o al códice fue lo que más se necesitaba para la predicación o proclamación del mensaje sobre Jesús o «evangelio»: suponemos que cada predicador cristiano con posibilidades económicas copió en una especie de vademécum los dichos y sentencias de Jesús que considerara más importantes, una relación de sus milagros y quizás también un florilegio de textos de la Escritura que probaban que el Maestro era el mesías prometido.

Luego se generaron otros textos que expresaban puntos de vista propios de la nueva «secta» judía que se iba distanciando de la religión madre por la radicalidad de sus convicciones religiosas sobre todo en torno a la figura y misión de Jesús. Sólo muchos decenios más tarde algunos de estos escritos internos que daban cuerpo a las ideas teológicas que se iban desarrollando dentro de las diversas comunidades del grupo serán considerados «sagrados», «dotados de autoridad». Ello ocurrirá únicamente cuando la secta judía de los nazarenos/cristianos se separe como conjunto de la religión común o judía. En el capítulo siguiente veremos cómo y por qué.

Pablo-01Los primeros ejemplos de textos que más tarde habrían de formar el Nuevo Testamento son cartas, no evangelios. Señalamos ya que el orden en el que hoy aparecen impresos los libros del Nuevo Testamento, es decir, la colocación en primer lugar de los evangelios, y posteriormente las cartas de Pablo, unido a la idea de que primero fue Jesús y luego su Apóstol, es engañosa cronológicamente y no debe hacernos olvidar que los evangelios son productos literarios más tardíos que las cartas de Pablo.

Que al principio se escribieran sólo cartas se explica fácilmente por la mentalidad de los primeros cristianos y por las necesidades de la constitución de las primeras iglesias. En ellas o bien existían algunos dirigentes que habían tenido un contacto más o menos directo con Jesús y podían transmitir sobre él noticias de primera mano, o bien se esperaba que el retorno de Jesús, investido tras la resurrección de plenos poderes mesiánicos como brillante juez de vivos y muertos, habría de ocurrir pronto. No se experimentaba aún la necesidad de escribir «biografías del Señor». Sin embargo, sí eran necesarias las cartas para ayudar a resolver ciertas dudas, algunos problemas teológicos más o menos urgentes, o de constitución de las comunidades. Como veremos más adelante, el formato de estas cartas se acomoda a lo que era usual en el mundo grecorromano de su tiempo.

Las primeras cartas del Nuevo Testamento que se han conservado llevan la firma de un personaje histórico, Pablo de Tarso. Este hecho es natural si consideramos que el Apóstol fue un importante fundador de iglesias, que era un misionero itinerante o viajero, y que debía responder a muchas preguntas que le formulaban sus nuevos fieles. Al ser precisamente cartas las primeras producciones literarias de los cristianos —algunas de las cuales tendrán luego un hueco en el futuro Nuevo Testamento— no debe esperarse de ellas un tratamiento sistemático de la nueva fe, sino sólo una solución o aclaraciones a temas del momento.

Cuando murieron Pablo y otros misioneros por el estilo, sus discípulos continuaron la costumbre de redactar cartas para iluminar a los fieles en sus nuevos problemas. Ocurrió entonces que la inmensa mayoría de esos escritores no se atrevió o no quiso firmarlas con su propio nombre, sino que se apoyó en la autoridad del maestro fallecido, Pablo principalmente u otro de los apóstoles. Así surgió una literatura epistolar que lleva el nombre de Pablo, Pedro, Santiago, Judas, etc., pero que hoy sabemos, apoyados en sólidas razones, que no fueron escritos directamente por esos personajes, sino por sus seguidores. Éstos se consideraban tan unidos al maestro ya fallecido, tan imbuidos de su espíritu, tan participantes de su mentalidad, que no dudaron ni un momento en escribir en nombre de ellos. Esto tenía la ventaja de dotar de más autoridad a lo que nacía de su modesta pluma.

Este hecho plantea un problema que hoy día consideraríamos una «falsificación» (técnicamente se llama «pseudonimia», del griego pseudos y ónoma, con el significado de «nombre falso»), pero que en el mundo antiguo se veía con otros ojos. Apenas había conciencia de engaño, si es que existía en absoluto, y este proceso de atribuir al maestro los escritos propios era muy común en la Antigüedad. Ejemplos hay muchos: escritos falsos atribuidos a Orfeo, Pitágoras, Hipócrates o Platón. Tal hecho se juzgaba de otro modo y la mayoría de las veces positivamente: podía ser un honor participar del espíritu del maestro y escribir en su nombre. De esta cuestión y del problema teológico que supone trataremos en el capítulo 18. Estas cartas de segunda (Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses) o de tercera generación (Hebreos, Santiago 1 y 2 Pedro, Judas) tienen además la característica de que ya no abordan problemas tan inmediatos, sino que tratan de temas más generales: por qué se retrasa la venida del Señor (la «parusía»); cómo hay que organizar la Iglesia que ha de vivir en el mundo durante este tiempo de espera (constitución de cargos eclesiásticos), cuáles son las verdades que hay que creer y cuáles no (delimitar el «depósito de la fe»); qué pasa con el grupo cristiano cuando ya no existen ni Jerusalén ni el Templo; cuál debe ser la posición de las mujeres en la Iglesia, los deberes de los jóvenes y de los ancianos en la comunidad ya bien constituida, etcétera.

A medida que las iglesias cristianas tenían que situarse en el mundo pues se retrasaba la venida de Jesús como juez final, se generaron de forma natural escritos de otra índole, no sólo cartas. Iban muriendo los que habían conocido al Señor, y los predicadores y catequistas necesitaban tener reunidos dichos y hechos del maestro Jesús con los que confirmar su proclamación esencial: la salvación de la humanidad entera por la muerte en cruz del mesías. Como veremos en el primer capítulo dedicado a los evangelios, se fueron formando de este modo pliegos o breves notas sobre Jesús, pequeñas colecciones de sus dichos, o de sus milagros, la historia de su pasión, etcétera.

Los estudiosos suelen situar esta época de recogida y selección del material biográfico sobre Jesús, que circulaba hasta el momento oralmente, hacia los años 50, y estiman que el primer evangelio como tal, el de Marcos, se compuso unos veinte años más tarde, hacia el 70. Es más que probable que no se perdiera nada sustancial de lo que afectaba a Jesús. A la vez es también probable que la selección del material se hiciera en cada caso de acuerdo con su importancia concreta respecto a los problemas específicos de las iglesias, aparte de los intereses particulares de los coleccionistas de tradiciones.

Dos factores, entre otros, contribuyeron poderosamente a la generación de una literatura «evangélica». Uno la entrada masiva de paganos en el grupo de seguidores de Jesús, que no lo habían conocido personalmente y que necesitaban ayuda e instrucción para comprender las costumbres y la teología judías. En segundo lugar, dar un poco más de cuerpo a la descarnada y un tanto abstracta teología paulina, que insistía continua y únicamente en el significado y trascendencia de sólo dos hechos de la vida de Jesús, su muerte salvadora y su resurrección, pero que apenas, prácticamente nada, hacía referencia a la vida, dichos y hechos del Maestro.

Después del de Marcos, se escribieron otros evangelios. Lucas dice en su «Prólogo» que fueron muchos los que «habían intentado realizar una narración ordenada de los acontecimientos que se habían realizado entre nosotros», y que él va a hacer un nuevo intento con unos criterios de exactitud que los otros no habían tenido o habían practicado con menos rigor (Lucas 1,1-4). Estos otros evangelios reflejaban con seguridad perspectivas diversas e interpretaciones sobre Jesús según la comunidad en la que vivían sus autores. De entre todos ellos la Iglesia seleccionó sólo cuatro: los de «Mateo», «Marcos», «Lucas» y «Juan». En el capítulo siguiente indagaremos en el porqué de esta selección.

Estos cuatro evangelios fueron, con toda seguridad, anónimos desde el principio. Cada uno de ellos fue compuesto por un miembro destacado de un grupo cristiano importante, pero el autor no puso su nombre al principio de la obra. Sólo más tarde la tradición eclesiástica les asignó un autor, de los que apenas sabemos algo más que el mero nombre. A partir de sus puntos de vista, expresados a veces entre líneas en sus evangelios respectivos, deducimos con bastante seguridad que es difícil que cualquiera de estos cuatro evangelistas perteneciera de hecho a los discípulos inmediatos del Maestro. Más bien eran seguidores más o menos directos de algunos de ellos y formaban parte de la segunda o tercera generación cristiana. Las atribuciones de nombres de autores a los evangelios son, pues, erróneas, pero tenían la finalidad de dejar claro que la tradición sobre Jesús se basaba en lo transmitido por testigos visuales. Más tarde veremos cómo junto con datos de esta «visualización» los autores de los evangelios mezclaron interpretaciones teológicas nuevas de gran calado, que incluso llegan a modificar la percepción de la figura de Jesús.

El evangelio de Lucas, probablemente el tercero en componerse entre los aceptados por la Gran Iglesia, tiene además la peculiaridad de que en su segunda parte hace una suerte de «historia de la Iglesia», desde la ascensión de Jesús hasta la llegada de Pablo a Roma como prisionero por haber predicado la «Palabra». Se inventa así el género historiográfico dentro del grupo cristiano, y de ello se deduce que el autor escribía en el seno de una Iglesia que había vivido ya un cierto número de años, por tanto desde una perspectiva desde la que se podía tener una cierta visión histórica de conjunto. El autor de los Hechos considera ya que el cristianismo es prácticamente una nueva religión, que es saludable y nada ofensiva para el Imperio, que va a durar muchos años en este mundo ya que los planes de Dios han programado un retraso de la venida de Jesús, y que la Iglesia se ha formado en continuación directa de los hechos y dichos de Jesús y de sus principales apóstoles, Pedro y Pablo.

Dentro del conjunto de nazarenos/cristianos había grupos en los que se vivía la esperanza de que Jesús habría de volver muy pronto a la tierra como juez y vengador de tanta injusticia, y para instaurar definitivamente el reino de Dios. Entre ellos había visionarios, que estimaban haber recibido de lo Alto la contemplación de esos últimos días, que sabían de los dolores del fin de los tiempos, de las luchas finales entre Dios y Satanás y de las catástrofes cósmicas que precederían a la venida de Jesús. Al igual que ocurrió con los manuscritos del mar Muerto, nació en el grupo de los cristianos una literatura del «final de los días» o «apocalíptica» (apocalipsis es un vocablo griego que significa «desvelamiento/revelación») en la que se describían estos momentos finales. En el Nuevo Testamento tenemos unas pocas muestras de estos escritos: el capítulo 13 del Evangelio de Marcos y otros lugares paralelos, y sobre todo el Apocalipsis de un profeta llamado Juan. Un primer esbozo de evangelio, hoy perdido, la denominada «fuente Q» que fue una de las bases de los evangelios de Lucas y Mateo tiene mucho de apocalíptica o, mejor, contiene sobre todo material «escatológico» de Jesús (referente al éschaton, el «final»).

Los cristianos, autores de textos apocalípticos, se unían a una tradición bien consolidada dentro de su antigua religión, donde abundaban las «obras apocalípticas» como el Libro de Daniel, el ciclo sobre el «profeta» Henoc, o los libros conocidos como IV Esdras y II Baruc. Los escritos apocalípticos cristianos —de los que no todos entraron luego en el canon de Escrituras, como el Apocalipsis de Pedro— se generaron dentro del grupo cristiano como literatura de consolación, de modo que con la esperanza del triunfo final, tan bella y terriblemente descrito en esas obras, se lograran ánimos para sobre llevar el desprecio de la sociedad circundante e incluso las vejaciones y la persecución.

Finalmente, también los cristianos generaron otro tipo de textos más teóricos sobre la nueva fe, sobre la importancia de la Iglesia, sobre los planes de Dios para la salvación de los gentiles, etc. Este fenómeno se produce cuando las iglesias cristianas en su conjunto interiorizan el retraso de la venida de Jesús y se disponen a proporcionar un mejor fundamento, con ideas teológicas sólidas y bien pensadas, a las creencias que de un modo difuso ya existen en sus comunidades. Ejemplos de ello son las cartas a los Colosenses y Efesios dentro del grupo de seguidores del apóstol Pablo, la Carta primera de Juan (que comenta temas del Cuarto Evangelio) y sobre todo la Epístola a los hebreos. Ésta fue en algún tiempo atribuida erróneamente a Pablo pero su autor es ciertamente otra persona, ni siquiera necesariamente un discípulo directo suyo. Esta «epístola» es probablemente, como veremos, una espléndida homilía bautismal puesta por escrito y ampliada. En ella el autor diserta sobre la superioridad de Jesús como sacerdote y víctima a la vez, sobre su sacrificio único que hace inútiles todos los demás y pondera la nueva interpretación de la Ley que Jesús aporta. La venida y la muerte sacrificial de Jesús instaura una nueva alianza que supera, complementa y sustituye a la antigua alianza o ley de Moisés.

De este modo el grupo de los cristianos se fue dotando de una literatura religiosa propia, que trataba y precisaba temas propios, al principio una literatura de circunstancias o edificación, pronto textos también de fundamentación teológica de las nuevas perspectivas. De entre estos escritos la Iglesia habría de entresacar aquellos que consideró «sagrados», es decir, portadores de la palabra de Dios…

(Guía para entender el Nuevo Testamento, Antonio Piñero, Pág. 33-39)

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