T04.21

(T4.21). ¿El texto que tenemos actualmente del Nuevo Testamento es igual al que escribieron sus autores?

Nos hemos extendido explicando en líneas generales el método científico utilizado por los modernos críticos textuales en la reconstrucción del texto primitivo del Nuevo Testamento para que el lector pueda ver por sí mismo que el Nuevo Testamento que se imprime en la actualidad es fiable. Sin duda alguna, tenemos hoy día el mejor texto posible en la medida de los sistemas de la técnica actual. Ello proporciona seguridad.
T04.21¿Significa esto que hayamos reconstruido exactamente el texto que salió de las manos de los antiguos autores? La respuesta es: probablemente no al cien por cien, pero sí uno que se acerca muchísimo al original. Con otras palabras: yendo hacia atrás cronológicamente, la crítica textual reconstruye un texto lo más cercano posible al «autógrafo», aunque a veces la distancia sea de unas decenas de años (la que hay entre la fecha de composición y el papiro más antiguo que presente el texto de la obra en cuestión).

p52Otro hecho nos ratifica en la percepción de que el texto que tenemos del Nuevo Testamento es fiable en líneas generales: el descubrimiento del P52, ya mencionado. Este fragmentito contiene Juan 18,31-33.37-38. Los papirólogos están de acuerdo que por su modo de escritura fue copiado hacia el 125-130 d.C. Por tanto, no llega a tres decenios después de la composición del Cuarto Evangelio. Ahora bien, el texto presentado por el P52 es sensiblemente igual al que puede reconstruirse por medio de los métodos científicos arriba descritos. Todo, pues, coincide. De paso, el lector puede percibir cuán carentes de base son ciertas afirmaciones de hoy (por ejemplo, en El código da Vinci) que sostienen que el texto de los Evangelios fue reescrito, reelaborado y manipulado por completo en el siglo IV después de la famosa «conversión» de Constantino. Según esta peregrina teoría, la Iglesia de acuerdo con las autoridades civiles manipuló los textos con la idea de hacer de Jesús (un mero hombre según los primitivos textos evangélicos conservados hasta ese momento) un dios, de modo que el Imperio tuviera una divinidad única en quien creer, que sirviera de aglutinante religioso para los habitantes tan diversos de las provincias del Imperio. Una estupidez.

A pesar de tantos cuidados, la ciencia filológica alberga algunas dudas respecto al texto reconstruido del Nuevo Testamento.

La primera: está genera-da por el conocimiento de que durante el siglo II se produjeron correcciones «ortodoxas» del texto del Nuevo Testamento. Como éstas se hicieron en una época tan temprana, pasaron a formar parte de casi todos los manuscritos del Nuevo Testamento. Hubo muchas más enmiendas de lo que creen los no especialistas, y afectan a temas importantes como el nacimiento de Jesús, la agonía en el huerto de Getsemaní, la institución de la eucaristía, la muerte de Jesús y su grito desesperado ante el aparente abandono del Padre, la resurrección y la ascensión. ¿Cómo detectar estas enmiendas tan tempranas? Por suerte estas correcciones han dejado huellas perceptibles en la tradición manuscrita, por lo que el original es reconstruible, como veremos a continuación.

La segunda: es que en este mismo siglo II hubo una oleada de «aticismo», es decir, un deseo purista de corregir todos los textos escritos en griego de acuerdo con las exigencias lingüísticas de pureza del dialecto del Ática (capi-tal, Atenas) base del griego que se hablaba en la época. Esa oleada de puritanismo lingüístico afectó, según algunos autores, a casi todos los manuscritos del Nuevo Testamento. Y como los testigos que han llegado hasta nosotros son en su gran mayoría posteriores a esa fecha, muchos están «contamina-dos» por las correcciones, lo que hace muy difícil detectarlas.

Ambos problemas son reales. El segundo caso afecta a un nivel exterior del texto, que no toca su sustancia. Aunque algunas enmiendas no sean detectables, de otras se ha sospechado con razón, y se han eliminado. A pesar de todo, la impresión general es que el tono de los textos del Nuevo Testamento no ha sido demasiado tocado por este afán de supercorrección lingüística. Prueba de ello son el Evangelio de Marcos y el Apocalipsis, que muestran un lenguaje rudo y simple, a veces lleno de barbarismos, que no ha sido retocado.

El primer caso, por el contrario, es bastante más serio. Pero por fortuna las enmiendas han dejado variantes, por lo que no es imposible detectarlas, analizarlas y restituir el texto original. Señalamos algunos de los pasajes más importantes, como Lucas 2,33; 3,22; 22,19-29; 22,43-44; 24,51-52 Marcos 1,1; 12,26 Juan 1,18; Hebreos 2,9; 2 Pe 1,1, en los que se juega la posición ortodoxa contra la de los herejes (docetas, adopcionistas, patripasionistas [Dios Padre también participa de la pasión]; gnósticos en general, etc.). El lector interesado y que pueda leer griego debe consultar aquí las variantes consignadas en el aparato crítico de la edición griega de Nestle-Aland. Por suerte, las investigaciones pertinentes han restituido en el texto impreso de hoy las lecturas más antiguas, que son precisamente las más difíciles, las que se prestan a una confusión doctrinal. Por consiguiente también en estos pasajes podemos tener la confianza de que el texto impreso hoy día se acerca lo más posible a los «autógrafos».

Otro problema serio respecto al texto impreso del Nuevo Testamento es más teológico que histórico y ha sido apuntado ya en el capítulo anterior. Se trata de que la Iglesia nunca ha definido, ni siquiera en el concilio de Trento, cuál es el tenor exacto, literal, del texto inspirado por el Espíritu Santo. Entre las más de 200.000 variantes de peso del Nuevo Testamento ¿cuáles representan el texto original? Se da el caso curioso, desde el punto de vista católico, que el Nuevo Testamento hoy más extendido, sobre el que se hace el 95% de las traducciones a lenguas modernas, se confecciona en Alemania, en el mencionado Instituto de Münster dedicado a la crítica textual del Nuevo Testamento, formado en su inmensa mayoría por investigadores protestantes. Además es un texto que cambia (no demasiado, pero cambia) de una edición a otra. Entre las ediciones 25 y 27 las apretadísimas páginas que señalan las diferencias suman unas treinta. 
¿Qué pensar de este hecho?

Para la inmensa mayoría de creyentes y sus pastores espirituales esta inestabilidad textual, este no saber cuál es exactamente el texto sagrado, no constituye un problema. Se argumenta que lo que importa no es un texto «muerto», sino la palabra y la persona viva de Jesús que vive en el interior de su Iglesia y en el corazón de los fieles. Las líneas generales están claras —se dice—; las minucias no importan. Para una minoría y para los no creyentes, sin embargo, sí es un problema el que la Iglesia sea incapaz, por la misma naturaleza de las cosas y el avance de las técnicas de edición, de definir cuál es exactamente el texto sagrado. Aunque se diga que la Iglesia vive no de la letra impresa, sino de la «palabra viva», lo cierto es que apela continuamente a un texto escrito. No saber con exactitud cuál es el tenor de este texto escrito inspirado es un problema teológico aún sin resolver. 

Como conclusión y resumen puede afirmarse: en un 95%, o quizás más, tenemos un texto griego del Nuevo Testamento del que nos podemos fiar. El conjunto de especialistas en crítica textual del Nuevo Testamento, formado por representantes de muchos países y confesiones, es totalmente de fiar. Nunca podremos asegurar que el Nuevo Testamento salió así, tal cual, de las manos de sus autores, pero sí podemos quedarnos tranquilos con la idea de que gracias a las técnicas empleadas el texto que tenemos hoy se parece muchísimo al original, y que quizá en muchos casos sea exactamente igual.

Guía para entender el Nuevo Testamento, Antonio Piñero, Pág. 74-77)

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