Jesucristo tuvo que vencer el velo del Olvido (SUD)

Cuando nació Cristo “sobre su mente había descendido el velo del olvido que es común entre todos los que nacen en la tierra, velo por medio del cual se apaga el recuerdo de la existencia primordial” (Talmage, Jesús elCristo, pág. 117).

En el mundo preexistente Cristo había ocupado la posición de “uno semejante a Dios” (Abraham3:24), “más inteligente que todos los demás”(Abraham 3:19), queriendo decir mejor que todos losdemás espíritus creados. Pero aunque su capacidad era mayor que la de cualquier otro, y estaba señalado para llegar a ser el Unigénito, era manso y humilde; y consintió en que se le impusiese el velo y que se bloquease en su mente, al nacer, el conocimiento de su gloria  y poder en la preexistencia.

El presidente Joseph Smith lo explicó así:”No hay duda alguna respecto a que Jesús vino al mundo sujeto a las mismas condiciones requeridas de cada uno de nosotros. El olvidó todo y tuvo que crecer degracia en gracia. El hecho de olvidar, o que le haya sido quitado su conocimiento anterior, tenía que ser uno de los requisitos así como lo es en el caso de cada uno de nosotros, a fin de culminar la presente existencia temporal” (Doctrinas de salvación 1:30-31. Itálicas agregadas).

¿Se dan cuenta de que a pesar de que Jesucristo era el mayor de los espíritus que vendrían a la tierra también, tuvo mayores pruebas que cualquier otro?

Es incorrecto suponer que El no fue probado y tentado según su gran capacidad. El hecho de que fuese sin pecado y que resistiera toda tentación no desmerece al hecho de que estuvo sujeto a ellas. El sabe cuan difíciles son las tentaciones, porque estuvo sujeto a tentaciones amargas; sin embargo, las resistió todas. Lean lo que enseñó el rey Benjamín en Mosíah 3:7. Jesucristo sufrió tentaciones más allá de lo que los hombres podrían soportar; El se enfrentó a los poderes del mal y venció. Pero como tuvo que resistir las tentaciones, entiende el esfuerzo que el hombre debe hacer para resistirlas. Además, como dijo Pablo: “Pues encuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”(Hebreos 2:18; 4:15).

Jesucristo fue perfectamente obediente y por serlo”recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra”(D. y C. 93:17;). Pero El no recibió este gran poder ygloria súbitamente, lo recibió poco a poco, paso a paso;grado por grado, “Línea tras línea, precepto tras precepto”(D. y C. 128:21), hasta que recibió la plenitudde la gloria del Padre.

Maria y José (SUD)

La visita duró unos tres meses, después de lo cual María volvió a Nazaret. Ahora tenía por delante la parte verdaderamente penosa de su situación. En la casa de su prima, ésta había entendido: su estado había servido para confirmar el testimonio de Zacarías y Elisabet; pero, ¿cómo se aceptaría su palabra en su propio pueblo?; y con mayor particularidad, ¿cómo la consideraría el varón con quien estaba desposada? En aquella época los esponsales, hasta cierto punto, eran tan válidos como la ceremonia misma, y sólo podían deshacerse por medio de un rito de separación semejante a un divorcio; y esto a pesar de que los esponsales no eran sino una promesa de contraer matrimonio y no el propio acto.

Cuando José saludó a su desposada, después de tres meses de ausencia, se afligió en extremo al notar las manifestaciones de su maternidad futura. La ley judía disponía la cancelación de los esponsales en una de dos maneras: por medio de un juicio y decreto públicos, o mediante un arreglo privado, para constancia del cual se redactaba un documento y se firmaba en presencia de testigos. José era un hombre justo, cumplidor estricto de la ley, pero no extremista severo; además, amaba a María y le evitaría toda humillación innecesaria, pese a su propia tristeza y sufrimiento. La publicidad lo llenaba de horror al pensar en María, de manera que se resolvió a anular los esponsales con toda la discreción que la ley permitiera. Se hallaba afligido y perturbado por causa de lo que tendría que hacer en el asunto, “y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas de recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Grande fue el alivio que sintió José, y grande también su gozo al entender que la venida del Mesías, por tan largo tiempo anunciada, estaba cerca. Iban a cumplirse las palabras de los profetas: una virgen, para él la más estimada del mundo, había concebido, y en su tiempo daría a luz ese bendito Hijo Emanuel, “que traducido es: Dios con nosotros”. La salutación del ángel, “José, hijo de David,” fue significativa, y la forma en que se dirigió a él, y el uso de este título real debe haber sido indicación para José de que aun cuando era descendiente de reyes, su matrimonio con María no perjudicaría su posición en la familia. José no vaciló; a fin de proveer a María toda la protección posible y establecer todo derecho legal como su guardián legítimo, se dio prisa a solemnizar el matrimonio e “hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.”
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La esperanza nacional de un Mesías, basada en las promesas y profecías, se había confundido en el pensamiento judío por motivo de la influencia del rabinismo con sus muchas extravagancias y su “interpretación privada”, a la que el prestigio artificialmente mantenido de los expositores daba la apariencia de ser autorizada. Sin embargo, se habían subrayado ciertas condiciones, juzgadas indispensables aun por los rabinos, y de acuerdo con estas bases esenciales sería juzgada la pretensión de todo judío que declarase ser Aquel que tanto tiempo habían esperado. Era indiscutible que el Mesías habría de nacer dentro de la tribu de Judá, y del linaje de David; y siendo de David, por fuerza sería de la descendencia de Abraham, mediante cuya posteridad, según el convenio, todas las naciones debían ser bendecidas.
Hallamos en el Nuevo Testamento dos genealogías que supuestamente dan el linaje de Jesús, una en el primer capítulo del Evangelio según Mateo, la otra en el tercer capítulo del Evangelio según Lucas. Estas listas de progenitores contienen varias discrepancias aparentes, pero los estudios e investigaciones de los peritos en materia genealógica las han reconciliado satisfactoriamente. No se procurará hacer un análisis detallado del asunto aquí; pero debe tenerse presente que el criterio de los investigadores concuerda en que la narración de Mateo establece el linaje real y da el orden de sucesión entre los herederos legales del trono de David, mientras que la del evangelio según S. Lucas es una genealogía personal que indica la descendencia davídica, pero sin considerar la línea de sucesión legal al trono por medio de la primogenitura o parentesco cercano.
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Por otra parte, muchos consideran que la descendencia genealógica escrita por Lucas es la de María, mientras que la de Mateo es aceptada como la de José. El hecho principal que debemos recordar es que el Niño, prometido por Gabriel a María, la virgen desposada de José, habría de nacer de linaje real. La genealogía personal de José sería esencialmente la misma que la de María, pues los dos eran primos hermanos. Según Mateo, José era hijo de Jacob; e hijo de Eli, según S. Lucas; pero Jacob y Eli eran hermanos, y parece que uno de los dos fue el padre de José, y el otro, el padre de María y, consiguientemente, padre político de José.
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Muchas Escrituras establecen claramente que María era de la descendencia de David, pues en vista de que Jesús había de nacer de María, mas no engendrado por José—que era el padre declarado y, según la ley de los judíos, el padre legal— la sangre de la posteridad de David llegó al cuerpo de Jesús únicamente por conducto de María. Nuestro Señor, llamado repetidas veces el Hijo de David, nunca repudió el título, antes lo aceptó como si debidamente le correspondiera. El testimonio de los apóstoles apoya con afirmación positiva la herencia real de Cristo por medio de su linaje terrenal, como lo hace constar la afirmación de Pablo, el erudito fariseo: “Acerca de su Hijo, que era del linaje de David según la carne”; y también: “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos.”

En ninguna de las persecuciones que lanzaban contra El sus enemigos implacables, ni en las acusaciones falsas presentadas en su contra, o los cargos particulares de sacrilegio y blasfemia que le imputaban por haber admitido que era el propio Mesías, se hace mención, o se halla la más leve indicación de que su linaje lo incapacitaba para ser el Cristo. Los judíos conservaban meticulosamente su genealogía, así durante la época de Cristo como después; de hecho, su historia nacional era principalmente una relación genealógica; y si hubiera habido posibilidad alguna de rechazar al Cristo porque no existían pruebas de su descendencia, el insistente fariseo, instruido escriba, altivo rabino y aristócrata saduceo la habría utilizado hasta lo último.

En la época del nacimiento del Salvador, Israel se hallaba bajo el dominio de monarcas extranjeros. Los derechos de la familia real davídica no tenían validez, y el gobernador de los judíos era nombrado por Roma. Si Judá hubiese sido una nación libre e independiente, regida por su soberano legal, José el carpintero habría sido su rey; y el sucesor legal al trono, Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos.

La anunciación de Gabriel a María se refirió al Hijo de David, en cuyo advenimiento la esperanza de Israel descansaba como sobre un fundamento seguro. Este Ser, divinamente anunciado, era Emanuel, el Dios que habría de morar con su pueblo en la carne, el Redentor del mundo, Jesús el Cristo.

Jesús el Cristo, Talmage

Jesús Nació en Circunstancias Humildes (SUD)

Indudablemente fueron escasas y de mala calidad las comodidades físicas entre las cuales Jesús nació; y sin embargo, tomando en cuenta el ambiente a la luz de las costumbres del país y la época, distaba mucho del estado de privación abyecta que las costumbres modernas y occidentales quieren atribuirle. Pasar la noche a la intemperie no era una necesidad infrecuente entre los viajeros de Palestina en la época del nacimiento de nuestro Señor; ni es considerada como tal en la actualidad. Sin embargo, es indisputable que Jesús nació de una familia comparativamente pobre, entre circunstancias humildes que son parte de la inconveniencias consiguientes a un viaje. Cunninghara Geilde dice en su obra, Life and Words of Christ, capítulo 9, páginas 112, 113: “Era a Belén donde se dirigían José y María, la ciudad de Ruth y Booz, ciudad nativa de su gran antepasado David. Viniendo de Jerusalén, en el curso del último kilómetro antes de llegar, pasarían por un lugar sagrado en la memoria de los judíos, donde se apagó la luz de la vida de Jacob, cuando murió Raquel, su primer amor, y fue sepultada, como todavía se ve por su sepultura sobre el camino de Errata, que es Belén. . . La manera de viajar en el oriente siempre ha sido muy distinta de los conceptos occidentales. Como en todos los países de poca población, la hospitalidad privada suplía la necesidad de mesones en épocas remotas; pero fue el carácter particular del oriente lo que causó que esta costumbre continuara por muchas edades. En los caminos importantes que pasaban por sitios desiertos o inhabitados, la necesidad de hallar abrigo dio lugar, desde épocas tempranas, a la construcción de edificios rústicos y sencillos de diferentes tamaños, conocidos como kans, los cuales ofrecían al viajero la protección de paredes, un techo y agua, pero casi nada más. Los edificios más pequeños solían a veces ser un solo cuarto vacío, en el piso del cual el viajero tendía su alfombra para dormir; los más grandes, siempre edificados en un cuadro, tenían un patio para los animales, en el cual había agua para ellos y sus amos. Desde épocas antiquísimas la construcción de estos refugios ha sido aceptada como una forma favorita de benevolencia, como se ve en la época de David, cuando Chimham construyó un gran kan cerca de Belén, por el camino que transitan las caravanas que van a Egipto.”

El teólogo inglés, Guillermo Federico Farrar, en su obra, Life of Christ, capítulo 1, acepta la creencia tradicional de que el abrigo, a ‘a sombra del cual nació Jesús, fue una de las numerosas cuevas de piedra caliza que abundan en la región, y en las cuales los viajeros aún se recogen para descansar. Dice así: “En Palestina no es raro que todo el kan, o por lo menos la parte en que se guardan los animales, sea una de esas cuevas innumerables que abundan en la roca caliza de sus colinas centrales. Tal parece haber sido el caso en el pequeño pueblo de Belén-Efrata, en la tierra de Judá. El apologista, Justino Mártir—que, por motivo de su nacimiento en Siquem, estaba familiarizado con Palestina, y vivió cuando todavía no pasaba un siglo de la época de nuestro Señor—fija el sitio de la natividad en una cueva. Por cierto, ésta es la antigua y constante tradición de ambas Iglesias, así la de Oriente como la de Occidente; y es una de las pocas a la cual podemos atribuir una probabilidad razonable, aunque no se menciona en la historia evangélica.”

Jesús el Cristo. James Talmage Pags 111-112

El Empadronamieno de Herodes (SUD)

Con respecto a la presencia de José y María en Belén, lejos de su hogar en Galilea, y el decreto imperial, a consecuencia del cual tuvieron que viajar hasta ese sitio, vale la pena considerar las siguientes observaciones. Farrar dice en su obra Life of Christ, página 24 y nota: “Parece que hay un poco de incerti-iumbre sobre el asunto de que si el viaje de María con su esposo fue obligatorio o voluntario. . . . Las mujeres estaban sujetas a un impuesto de capitación, si es que este empadronamiento se relacionaba cc-n las contribuciones. Sin embargo, aparte de la obligación legal, podemos fácilmente imaginar que en aquellos días María no querría estar sola. Las crueles sospechas que habían surgido en torno de ella, y que casi habían sido el motivo de la abrogación de sus esponsales (Mateo 1:19) la obligarían a que buscara más solícitamente la protección de su esposo.

” El siguiente extracto es de la obra de Geikie, Life and Words of Christ, tomo 1, capítulo 9, página 108: “La nación judía había pagado tributo a Roma, por conducto de sus príncipes, desde los días de Pompeyo; y el metódico Augusto que ahora reinaba —y el cual se vio obligado a restablecer el orden y solidez del sistema económico del Imperio, después de la confusión y destrozos de las guerras civiles—tuvo buen cuidado de que esta obligación no se olvidara o se eludiera. Acostumbraba exigir que periódicamente se levantara un censo en toda provincia de sus vastos dominios, a fin de saber el número de soldados que podía reclutar en cada uno de ellos, así como la cantidad de impuestos que se debía a la tesorería. . . En un imperio que comprendía el mundo entonces conocido, difícilmente podría haberse efectuado tal censo simultáneamente o dentro de un período corto o fijo; lo más probable es que se trataba de una tarea que duraba varios años consecutivos en las provincias o reinos. Sin embargo, tarde o temprano aun los dominios de los reyes tributarios, como Heredes, tenían que suministrar las estadísticas que su señor exigía. Herodes había recibido el reino en calidad de subdito, y con el transcurso de los años llegó a depender casi enteramente de Augusto, pues solicitaba su aprobación cada vez que se proponía hacer alguna cosa. De modo que estaría más que dispuesto a satisfacer sus deseos, obteniendo las estadísticas solicitadas, como se puede juzgar por el hecho de que en uno de los últimos años de su vida, poco antes del nacimiento de Cristo, hizo que toda la nación judía prestara solemne juramento de fidelidad al Emperador, así como a su propia persona.

“Es muy probable que la manera de recoger las estadísticas necesarias se dejó principalmente en manos de Herodes no sólo para manifestarle respeto delante de su pueblo, sino por la oposición conocida de los judíos a cualquier actividad que tuviera la apariencia de ser una numeración general, aun aparte de las contribuciones que tenía por objeto determinar. En la época a la cual se refiere nuestra narración parece que se llevó a cabo una inscripción sencilla, de acuerdo con el antiguo plan hebreo de empadronar a las familias en el distrito de su origen, por supuesto para uso futuro; y de este modo pudo efectuarse tranquilamente. . . Habiéndose hecho la proclamación por todo el país, José no tuvo más recurso que ir a Belén, la ciudad de David, en donde, por ser de la casa y linaje de David, su descendencia familiar lo obligaba a inscribirse.”

Jesús el Cristo. James Talmage Pags 109-110

El Tiempo de Nacimiento de Jesús (SUD)

El año en que nació el Mesías es un asunto sobre el cual no han llegado a ningún acuerdo aquellos que especializan en teología e historia, y los que en la literatura son conocidos como “los eruditos”. Se han estudiado numerosas fuentes de investigación, sólo para llegar a conclusiones divergentes, así en lo que respecta al año. como al mes y día en que realmente comenzó la “era cristiana”. Fue como en el año 532 de nuestra era, que un monje llamado Dionisio primeramente estableció el nacimiento de Cristo como el acontecimiento que había de servir de punto de partida para empezar a calcular los datos cronológicos. Este método es conocido como el sistema de Dionisio, y toma por fecha fundamental A.U.C.753, es decir, 753 años después de la fundación de Roma, como el año del nacimiento de nuestro Señor. En lo que concierne a las opiniones de investigadores posteriores que han estudiado el asunto, su conclusión es que el cálculo de Dionisio es incorrecto, pues fija el nacimiento de Cristo con un retraso de entre tres y cuatro años; y por consiguiente, nuestro Señor habría nacido en el tercero o cuarto año antes de principiar lo que los eruditos de Oxford y Cambridge han designado como “el Cálculo Común llamado Anno Domini”.

Sin intentar hacer un análisis del cúmulo de cálculos y datos referentes a este asunto, nosotros aceptamos como correcto el sistema de Dionisio en lo que respecta al año, lo cual quiere decir que creemos que Cristo nació en el año conocido entre nosotros como 1 antes de J.C., y como se mostrará en seguida, en uno de los primeros meses del año. Para apoyar esta creencia citamos el documento inspirado conocido como la “Revelación sobre el gobierno de la Iglesia, dada por conducto de José el profeta en abril de 1830″, la cual empieza con estas palabras: “El origen de la Iglesia de Cristo en los últimos días, siendo el año mil ochocientos treinta de la venida de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, en la carne.”

La historia del Libro de Mormón proporciona otra evidencia de lo correcto de nuestra cronología comunmente aceptada. Allí leemos que “al comenzar el primer año del reinado de Sederías, rey de Judá”, la palabra del Señor llegó a Lehi, en Jerusalén, en la cual se le indicó que tomara a su familia y saliera para el desierto. Durante la primera parte de su viaje hacia el mar, Lehi profetizó, de acuerdo con lo que le había mostrado el Señor, sobre la destrucción inminente de Jerusalén y el cautiverio de los judíos. Además, predijo el regreso del pueblo de Judá de su destierro en Babilonia, así como el nacimiento del Mesías; y respecto de este acontecimiento, declaró en forma definitiva que habría de realizarse seiscientos años después de la época en que él y su pueblo salieran de Jerusalén. En profecías posteriores1 se reiteró este tiempo especificado; y está escrito que las señales del cumplimiento se realizaron cuando “hacía seiscientos años que Lehi había salido de Jerusalén”. Estas Escrituras fijan el comienzo del reinado de Sedecías 600 años antes del nacimiento de Cristo. Según la cronología comunmente aceptada, Sedecías fue nombrado rey en el año 597 antes de J.C.k En esto se ve una diferencia de aproximadamente tres años entre la fecha comunmente aceptada de la inauguración de Sedecías como rey, y la que se da en la historia del Libro de Mormón; y como ya se ha mostrado, existe una diferencia de tres o cuatro años entre los cálculos de Dionisio y el concepto sostenido por la mayoría de los eruditos sobre el principio de la era común. De modo que la cronología del Libro de Mormón apoya en forma general la era común de acuerdo con el sistema de Dionisio.

En cuanto a la época del año en que nació Cristo, existe entre los sabios tan grande diversidad de opinión como la que hay con respecto al año mismo. Muchos de los que han examinado la Biblia afirman que el 25 de diciembre, fecha en que los cristianos celebran la Navidad, no puede ser correcta. Nosotros creemos que el 6 de abril es el cumpleaños de Jesucristo, de conformidad con lo indicado en la revelación ya citada de la dispensación actual,1 en la que claramente se fija ese día como el cumplimiento de mil ochocientos treinta años desde el advenimiento del Señor en la carne. Admitimos que nuestra aceptación se basa sobre la fe en las revelaciones modernas, y de ninguna manera se presenta como el resultado de una investigación o análisis cronológicos. Nosotros creemos que Jesucristo nació en Belén de Judea, el 6 de abril del año 1 antes de J. C.

Jesús el Cristo. James Tamlmage Pag 107-109

La fecha del nacimiento de Cristo.—Tratando este asunto, el Dr. Charles F. Deems, después de considerar cuidadosamente las cuentas, cálculos y suposiciones de los hombres que han empleado muchos medios en sus investigaciones y sólo han llegado a resultados discordantes, el autor dice en la página 28 de su obra, The Light of the Nations: “Causa enfado ver a hombres sabios emplear el mismo método de calcular y llegar a los resultados más diversos. Es una confusión tratar de reconciliar estos cálculos tan variados.” En una nota a lo anterior el mismo autor declara: ‘”Por ejemplo, el nacimiento de nuestro Señor aconteció en el año 1 antes de J.C. según Pearson y Hug; 2 a. de J.C. según Scalinger; 3 a. de J.C. según Baronius y Paulus; 4 a. de J.C. según Bengel, Wieseler y Greswell; 5 a. de J.C. según Usher y Petavius; 6 a. de J.C. según Strong, Luvin y Clark; 7 a. de J.C. según Ideler y Sanelemente.”

Jesús el Cristo. James Tamlmage Pag 115

El Nacimiento de Jesús (SUD)

MATEO

Capitulo 1: 18 – 25

Mt.1:18-25, Lc.2:1-7

Tan definitivas son las profecías que designan a Belén, pequeño poblado de Judea, como el lugar de su nacimiento, como las que declaran que el Mesías nacería del linaje de David. Parece que nunca hubo diversidad de opinión entre los sacerdotes, escribas o rabinos sobre el asunto, ni antes del gran acontecimiento, ni después. Belén, a pesar de ser pequeño y casi sin importancia en lo concerniente a tráfico y comercio, gozaba de doble estimación entre los judíos por ser el sitio donde había nacido David, así como el lugar del cual habría de venir el Mesías esperado. María y José vivían en Nazaret de Galilea, muy lejos de Belén de Judea; y en la época a que nos estamos refiriendo, se acercaba rápidamente la maternidad de la virgen.

En esos días llegó un decreto de Roma, en el cual se ordenaba un empadronamiento del pueblo en todos los reinos y provincias que eran tributarios del Imperio. El mandato era de aplicación general, pues disponía “que todo el mundo fuese empadronado”. El empadronamiento de los subditos romanos tenía por objeto formar una base, de acuerdo con la cual se podrían determinar las contribuciones de los distintos pueblos.

Este censo particular fue el segundo de tres empadronamientos generales de la misma naturaleza, que, según los historiadores, ocurrieron en intervalos de aproximadamente veinte años. De haberse efectuado el censo en la manera romana acostumbrada, cada persona se habría empadronado en el sitio donde residía; mas la costumbre judía, respetada por la ley romana, exigía el empadronamiento en las ciudades o pueblos que las familias respectivas declaraban como el lugar de su origen. En lo que respecta a que si era estrictamente mandatoria esta exigencia de que cada familia se registrase en la ciudad de sus antepasados, no es de incumbencia particular para nosotros; el hecho es que José y María fueron a Belén, la ciudad de David, para inscribirse de acuerdo con el decreto imperial.

El pequeño pueblo se encontraba lleno de gente en esa época, lo más probable por motivo de la multitud que había llegado para dar cumplimiento al decreto de referencia. Como consecuencia, José y María no pudieron hallar un hospedaje más deseable, y tuvieron que conformarse con las condiciones de un campo improvisado, como antes lo habían hecho viajeros sin número, y como desde ese día lo han hecho innumerables personas, en esa región y en otras partes. No tenemos razón para considerar estas circunstancias como evidencia de pobreza extremada; no cabe duda que causó inconveniencias, pero no constituye prueba concluyente de grave aflicción o sufrimiento. Fue mientras se hallaba en esta situación, que María la Virgen dio a luz a su primogénito, el Hijo del Altísimo, el Unigénito del Padre Eterno, Jesús el Cristo.

De las circunstancias consiguientes al nacimiento, pocos son los detalles que nos son dados. No nos es dicho el tiempo que transcurrió entre la llegada de María y su esposo a Belén, y el nacimiento. Bien pudo haber sido la intención del evangelista que escribió la historia, referirse a los asuntos netamente de interés humano con cuanta brevedad lo permitiera la narración de los hechos, a fin de que los incidentes sin importancia no ocultaran ni sobrepujaran la verdad central. Todo lo que hallamos en las Santas Escrituras del propio nacimiento es lo siguiente: “Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.” Contrastan vivamente la sencillez y brevedad de la narración bíblica con su escasez de detalles incidentales, y la acumulación de circunstancias fabricadas por la imaginación de los hombres, la mayoría de las cuales ningún apoyo tienen en la historia autorizada, y en muchos respectos son plenamente incongruentes y falsas. En un asunto de tanta trascendencia, no es sino prudente y propio segregar y conservar aparte las afirmaciones auténticas de los hechos, y los comentarios imaginativos de historiadores, teólogos y escritores de novelas, así como también las rapsodias emocionales de poetas y fantasías artísticas labradas, ora con cincel, ora con pincel.

Desde el principio de su existencia, Belén había sido la morada de gente que se dedicaba principalmente a ocupaciones pastorales y agrícolas. Por lo que se sabe del pueblo y sus alrededores, es congruente hallar que al tiempo del nacimiento del Mesías—que fue en la primavera del año— había rebaños en los campos, así de día como de noche, bajo el solícito cuidado de sus apacentadores. Fue a un grupo de estos humildes pastores que se comunicó la primera proclamación de que el Salvador había nacido. La historia dice sencillamente:
“Había’ pastores es la misma región que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: |Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”
Nunca jamás había comunicado un ángel, ni recibido hombre alguno, nuevas de tan magna importancia: nuevas de gran gozo reveladas a pocos, por cierto, a los más humildes de la tierra; nuevas que estaban destinadas a extenderse entre todos los pueblos. No sólo hay una grandeza sublime en el cuadro, sino una autoridad divina en el mensaje; y el punto culminante es algo que los pensamientos del hombre nunca jamás habrían podido concebir: la aparición repentina de una multitud de los ejércitos celestiales cantando, a oídos de seres humanos, el más breve, más congruente y más verdaderamente completo de todos los himnos de paz jamás entonados por un coro de mortales o de espíritus. ¡Qué consumación tan anhelada! ¡En la tierra paz! Pero ¿cómo la puede haber sino por la preservación de la buena voluntad para con los hombres? ¿y en qué otra forma podría tributarse más eficazmente gloria en las alturas a Dios?
Los confiados y sencillos guardianes de las ovejas no habían pedido una señal o confirmación; su fe obró al unísono con la comunicación celestial; y sin embargo, el ángel les dio una señal, como él la llamó, para orientarlos en su búsqueda. Sin esperar más, se dieron prisa para ir, porque dentro de su corazón creían, y más aún, sabían; por tanto, determinaron: “Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.”‘ Hallaron al Niño en el pesebre, y cerca de El a su madre y a José y habiendo visto, salieron y testificaron de la verdad concerniente al Niño. Volvieron a sus rebaños, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto.
Se encierra un significado tan profundo como la emoción que todos deben sentir al leer la afirmación, al parecer parentética, del evangelista: “Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” Es evidente que la gran verdad concerniente a la persona y misión de su Hijo divino aún no se desenvolvía por completo en su mente. Todo el conjunto de acontecimientos, desde la salutación de Gabriel hasta el testimonio reverente de los pastores concerniente al anuncio del ángel y las huestes celestiales, constituía en su mayor parte un misterio para aquella inmaculada madre y esposa.

(Talmage, Jesús el Cristo, pág. 56-57).

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