T06.5

(T6.5). ¿Que es el Evangelio de Lucas?

El Evangelio de Lucas representa un mundo diverso al de los otros dos evangelistas sinópticos aunque sólo sea porque su obra no es un «evangelio» como los otros dos, sino que tiene dos partes. La segunda, inseparable de la primera, son los Hechos de los apóstoles. Si para Mateo el pasado de Jesús se hacía presente por medio del cumplimiento de las profecías de la Escritura y por la observancia de la Ley interpretada por Jesús, para Lucas el tiempo de Jesús es de verdad algo pasado, distinto del tiempo de la Iglesia que le ha tocado vivir. Esto significa que Lucas tiene una nueva concepción de la historia, lo que determina cómo el evangelista recibe, cambia y adapta la tradición. Hoy se reconoce casi unánimemente que los dos textos, Evangelio y Hechos, forman dos partes de una única obra. Los argumentos de la investigación para sostener esta propuesta son fundamentalmente tres:

T06.51. El comienzo de los Hechos hace referencia al libro anterior con igual dedicatoria (a Teófilo; primer libro / segundo: Hechos 1,1).
2. El comienzo de Hechos va unido al final del Evangelio.
3. El estilo y las ideas teológicas son similares.
.

Las diferencias se deben a que las dos partes de la obra tratan de personajes distintos y para dibujarlos el autor usa fuentes distintas. Esta obra doble fue dividida luego por un simple motivo externo probablemente, aunque poderoso, su notable extensión: Lucas-Hechos no caben en un rollo único de papiro o pergamino; sí cómodamente en dos. Sin embargo, se ha hecho ya una costumbre abordar las dos partes por separado como si fuesen obras distintas. Así se hace también en esta Guía, teniendo en cuenta sobre todo que hay un fundamento objetivo que ayudó en el proceso de separación: la primera parte, el «Evangelio», trata sólo de Jesús de Nazaret; la segunda, prácticamente sólo de sus discípulos, en especial de Pedro y de Pablo. Lucas, además, debió de componer su segunda parte, los Hechos, tras un notable intervalo temporal, pues parece como olvidarse de lo que había escrito al final de la primera: el empalme es imperfecto. Las dos diferentes versiones de la ascensión de Jesús que ofrece la doble obra no casan entre sí: en el Evangelio la ascensión tiene lugar en Jerusalén el mismo día de la resurrección (24,13 indica una acción que llega hasta el final en una sola jornada). En los Hechos, por el contrario, se afirma que Jesús «se apareció a sus discípulos durante cuarenta días» antes de subir al cielo (Hechos 1,3).

1. Claves de lectura del Evangelio de Lucas

• Lucas se muestra con más claridad aún que Mateo insatisfecho con los escritos evangélicos anteriores y pretende escribir su versión propia ofreciendo una «narración ordenada» (Lucas 1,3) que presupone una investigación personal. La narración se basa en las noticias transmitidas desde el principio por «testigos oculares y servidores de la Palabra», es decir, por testigos visuales y compiladores de tradiciones de la primera y segunda generación respectivamente: el evangelista vive, pues, más tarde, en una tercera generación de cristianos. Lucas pretende ser tenido por historiador concienzudo, y al aceptar como base a Marcos y a la fuente Q, muestra que los considera fiables históricamente, aunque con algunos reparos.

Cuestión diferente es si Lucas consigue o no su propósito de ser un historiador imparcial y verdadero, pues tanto su mentalidad moldeadora de los acontecimientos como las fuentes utilizadas por él no están estrictamente interesadas en la historia, sino en la proclamación. Por ello, la crítica moderna duda un tanto de la eficacia de sus buenos deseos. Por un lado, parece respetar sus fuentes. Así, casi todos los investigadores están de acuerdo en que Lucas respeta más que Mateo el orden y el vocabulario de la fuente Q, que le sirve de base en muchos pasajes. Pero, por otro, parece estar mal informado o ser poco objetivo: el largísimo viaje de Jesús a Jerusalén de 9,51- 18,14 es una ficción literaria e histórica y para hacerle un hueco debe borrar parte de Marcos; la positiva eliminación de Galilea de todas las historias pascuales con la consiguiente ventaja absoluta de Jerusalén no encaja con otros evangelios. En la segunda mitad de los Hechos el personaje principal es Pablo, pero el autor parece ignorar la existencia de cartas del Apóstol y desde luego no presenta bien la teología del maestro, pues lo dibuja como un estricto fariseo aunque Pablo llevaba ya tiempo negando la validez de la Ley como vía de salvación (Hechos 23,9).

• La obra completa está escrita después de la caída de Jerusalén y su templo, con sus implicaciones teológicas como hemos visto ya en otras ocasiones. Por tanto después del año 70 d.C. Como ocurre con los otros evangelistas, la situación de la comunidad en la que escribe determina la elección del material y deja traslucir sus preocupaciones y situación social a través del texto.

• La Iglesia en que vive el autor es ya una realidad bien instalada en el mundo. Por ello el autor tiene que dar cuenta del retraso de la parusía.

• Los lectores potenciales son fundamentalmente de procedencia gentil, aunque son muy conscientes de su unión con la historia de Israel.

• El autor se ha formado una concepción especial de la historia en general y de la «historia de la salvación» en particular. Aunque no utiliza estas expresiones, Lucas tiene muy claro que Dios ha dividido la Historia en varios segmentos o «tiempos»: antes de la venida de Jesús / la vida de éste / los años después de la resurrección y ascensión a los cielos hasta la parusía. La Iglesia vive en estos años y tiene una misión que cumplir. Volveremos sobre este punto en el apartado 3.

• Las ciudades de Jerusalén y de Roma no son sólo lugares geográficos, sino puntos esenciales en los que se desarrolla la historia de la salvación.

• A Lucas le interesa que el cristianismo no tenga problemas dentro del Imperio romano. Durante la vida pública y la pasión de Jesús sólo los judíos son culpables de lo malo que ocurre, no los romanos.

• La fe cristiana es única. Siempre fue la misma y no cambia. Desde el principio, la vida terrena de Jesús, se ha formado una doctrina que han transmitido sin tacha los apóstoles gracias al Espíritu.

• El Espíritu tiene un papel preponderante tanto en la vida y ministerio de Jesús (= Evangelio) como en el de la Iglesia ( = Hechos).

Estos puntos de vista se deducen de una lectura atenta y de la impresión global que produce la doble obra en el lector atento. Lo mismo que en el caso del evangelista Mateo, el lector obtendrá gran provecho de una detenida comparación de Lucas con su base, Marcos, por medio de la Sinopsis (Bibliografía).

2. Estructura

Lucas ha utilizado sus fuentes (Evangelio de Marcos – fuente Q – Material propio) no como Mateo, entrelazando materiales para formar conjuntos, sino ordenándolos en bloques y disponiéndolas de manera sucesiva: admite unos y elimina otros. Como base principal toma el Evangelio de Marcos, pero añade por delante y detrás, como Mateo, los relatos de la infancia y las apariciones tras la resurrección. El material distinto de Marcos, el de la fuente Q y el del resto de las tradiciones peculiares que le llegaron («material propio»), fue dispuesto por Lucas en dos grandes bloques, denominados «intercalaciones o interpolaciones lucanas»:

1. la «pequeña» intercalación va de 6,20 a 8,3;
2. la «gran» intercalación, o viaje a Jerusalén, de 9,51 a 18,14.

Para hacer un hueco a estos bloques (probablemente Lucas pensaba llenar dos rollos de papiro, no más) el evangelista omite Marcos 6,1-9,50. Dentro del esquema de Marcos, Lucas introduce también otro pequeño material y efectúa algunos otros cambios. Este modo diferente de disponer sus fuentes hace que la idea que se forma el lector del transcurso de la vida de Jesús sea un tanto distinta de la conocida a través de Marcos y Mateo. Su esquema es, sin embargo, bastante claro y similar al de Mateo. Si se dejan aparte la introducción (1,1-4), las narraciones de la infancia 1,5-2,52), y la preparación de la vida pública de Jesús (3,1-4,13), parece como si Lucas dividiera la subsiguiente actividad de Jesús en tres momentos:

a) Ministerio en Judea y Galilea (3,1-9,50).
b) Largo viaje a Jerusalén (9,51-19,27) que tiene su punto central en el lamento de Jesús sobre una Jerusalén infiel (11,49-51).
c) Estancia en la capital (19,28-24,53). El Evangelio empieza y acaba en Jerusalén.

Esta división deja traslucir una concepción básica de Jesús:

a) Él es el Hijo de Dios, como se ve por su prodigioso nacimiento, su doctrina y sus milagros.
b) Pero Jesús es también un profeta/mesías doliente que sube a Jerusalén a cumplir el destino de los profetas: «Por esto dice la Sabiduría de Dios: yo les envío profetas y apóstoles, y ellos los matan y persiguen» (11,49).
c) Jesús es un mesías distinto a lo que piensan las turbas y sus dirigentes. Aunque muera por ello, es exaltado y glorificado por su resurrección y ascensión.

3. Intereses teológicos de la primera parte de la obra lucana, el Evangelio

• La historia de la salvación. Lucas reflexiona desde una cierta distancia temporal sobre los acontecimientos históricos que sustentan su fe, y concluye que la historia tiene un sentido que muestra los planes de Dios sobre la humanidad e Israel y el nacimiento de la comunidad cristiana. Prácticamente todos los comentaristas aceptan que un análisis del Evangelio de Lucas indica que su autor ofrece suficientes indicios en su obra como para pensar que divide la historia de la humanidad en tres períodos:

1. «Tiempo de Israel» (época de la «Ley y de los Profetas»: Lucas 16,16). Dura desde la creación del mundo hasta Juan Bautista y el bautismo de Jesús, 3,21. El Precursor queda excluido del centro de la historia, pero representa el momento culminante de la época anterior: «La Ley y los Profetas llegan hasta Juan Bautista» (16,16).

2. «Tiempo de Jesús» o «centro de la historia»: se extiende desde el bautismo de Jesús hasta la entrada de Satanás en el corazón de Judas (22,3) y lleva a la muerte del Maestro. Característica de este tiempo es que el Diablo queda momentáneamente vencido por el Salvador, pues no actúa positivamente, sólo sufre los exorcismos; así desde 4,13 a 22,3: «Entonces Satanás entró en Judas Iscariote…».

El «tiempo de Jesús» se subdivide, a su vez, en tres fases:

a) Reunión de testigos y ministerio de Jesús en Galilea: Jesús es proclamado Hijo de Dios y se presenta como mesías (3,21-9,17).
b) Viaje a Jerusalén (9,18-19,27): se caracteriza por el desvelamiento de que el Hijo de Dios, mesías verdadero y profeta, ha de concluir su vida trágicamente.
c) Momentos de la enseñanza en el Templo, pasión y muerte (19,28-23,56).
3. «Tiempo del Espíritu y la Iglesia»: desde la resurrección de Jesús hasta el final del mundo. Este tercer momento se subdivide en
a) Tiempo de la resurrección: momentos importantes de revelación del Resucitado a sus discípulos. Lucas acentúa más que sus precedentes la teología de la resurrección. La ascensión no tiene lugar de inmediato (Hechos, no el Evangelio). Parece ser que el cristianismo primitivo concebía la resurrección-ascensión como un solo evento. Lucas, en cambio, considera la ascensión como un suceso separado y por sí mismo (en Mateo no queda tan destacado). Con ello da tiempo para que se produzcan revelaciones importantes de Jesús (por ejemplo, en Lucas 24,45 y Hechos 1,3).
b) Tiempo de la Iglesia propiamente tal. Dura hasta la segunda venida de Jesús. En él la Iglesia tiene una tarea que cumplir: evangelizar.

Toda esta grandiosa concepción de la historia está gobernada por un esquema simple, de poderosa fuerza en el cristianismo primitivo y que ya hemos encontrado anteriormente varias veces: el de «promesa y cumplimiento». «Promesa» es el tiempo desde la creación hasta el advenimiento de Jesús / «Cumplimiento» es no sólo el tiempo de Jesús sino sobre todo el de la Iglesia, tiempo de conversión.

El primer impulso para pergeñar esta concepción de la historia fue para Lucas, sin duda, una reflexión sobre el problema del retraso de la «parusía». La ansiada venida del Maestro como juez que ha de venir sobre las nubes del cielo no se producía. La vida de Jesús quedaba cada vez más alejada en el tiempo, y el grupo de sus seguidores (Iglesia) tenía que hacer frente a este retraso, a las necesidades de autocomprenderse en los años que se alargaban entre la resurrección de Jesús y su venida definitiva. La solución del evangelista fue entender que esa parusía se posponía por voluntad divina hasta el fin de los siglos y que ello proporcionaba un tiempo a la Iglesia para evangelizar y dar testimonio de Jesús.

El segundo impulso fue hacer comprensible y explicable la separación entre judíos —que no han caído en la cuenta del centro del tiempo, Jesús, y no admiten a la Iglesia— y los cristianos, separación que se incardina con naturalidad en este desarrollo histórico. Como veremos en el libro de los Hechos, esta separación va en contra, según Lucas, de la voluntad de Pablo, de Pedro, de las iglesias de Antioquía y de Jerusalén. Los únicos culpables de ella son los judíos con su empecinamiento. La misión a los paganos, tan clara en Hechos, está prefigurada en el Evangelio: «Así estaba escrito, que el mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos y que se predicase en su nombre la remisión de los pecados a todas las naciones» (24,46-47). En el inicio de la vida pública de Jesús hay ya una alusión a los paganos: Lucas 4,24-27 (el profeta Elías fue enviado por Dios a una mujer gentil de Fenicia). Luego, a lo largo de la narración, se cuentan ciertos milagros del Maestro a favor de gentiles (Lucas 7,1- 10; 8,26-37; 17,11-19: el centurión de Cafarnaún; el endemoniado geraseno; el leproso samaritano) y sobre todo se halla en el Evangelio la emocionante parábola del buen samaritano (Lucas 16,19-37).

• La esperanza final para Israel, tan importante para el Pablo de Romanos 9-11 queda entre sombras en el Evangelio de Lucas (y en Hechos). Por un lado, el lector obtiene la impresión de que el desastroso destino de Israel es definitivo, ya que los judíos se han apartado por propia voluntad del plan de Dios. Por otro, surgen indicios de esperanza. En los relatos de la infancia, en la profecía de Zacarías, padre de Juan Bautista (1,68), se proclama que Dios ha suscitado en Jesús «un poder salvador en la casa de David, su siervo, como había prometido desde antiguo», y al final de Hechos aparece Pablo preso por la salud del pueblo judío: «Sólo por la esperanza de Israel llevo estas cadenas» (28,20).

• Modificación de la escatología. El retraso de la parusía lleva a Lucas a modificar un tanto la doctrina concerniente al fin del mundo. El punto principal de la escatología recibida por Lucas era la idea de un final inmediato tal como creían Pablo (1 Tesalonicenses 4 y 2 Corintios 6,2) y Jesús (Mateo 10,23; Marcos 13,30 y 9,1, aunque sean pasajes reelaborados). Pero las ideas del evangelista sobre la historia de la salvación le condujeron a restar importancia al retraso de este final. Aunque Lucas reproduce el «apocalipsis» de Marcos 13 en su evangelio junto con otros dichos escatológicos, introduce cambios en ellos de modo que el fin del mundo no aparezca predicho como muy cercano: el fin del mundo no va a llegar inmediatamente (21,8.9); no está quizá muy lejos (9,27; 12,45; 21,32), pero no se sabe cuándo acontecerá; lo único cierto es que vendrá de repente (21,34-36) y cuando menos se piense (12,40). Estas convicciones hacen que Lucas tenga una escatología un poco distinta. Así,

a) El Bautista deja de ser una figura «escatológica» o del fin de los tiempos como lo era en el Evangelio de Marcos. En el tercer evangelio Juan aparece también como precursor de Jesús, pero no pertenece a los «últimos días» sino al fin del primer período de la historia.

b) Antes de la parusía ha de expandirse la Iglesia. Lo que realmente importa no es ese final, sino que la Iglesia aproveche este tiempo que se le concede (Lucas 24,47-48 y todo Hechos). La vida misma de Jesús representa ya la salvación: el reino de Dios comienza ya en el presente (17,21) y en él actúa la Iglesia.

c) El «tiempo de Jesús» no fue estrictamente escatológico porque al Diablo no le fue permitido intervenir plenamente (4,13).

d) En la época de la Iglesia sí actúa el Diablo, desde que entró en el corazón de Judas (22,3). Pero, por paralelismo con lo ocurrido con Jesús, Satanás será aniquilado en el futuro: si Jesús durante su actividad lo redujo a la nada, en los momentos finales del mundo lo volverá a derrotar.

• Una interpretación de la muerte en la cruz no tan radical como la de Pablo. Lucas recalca más la teología de la gloria y de la resurrección que la de la cruz. Para Lucas la muerte de Jesús es sin duda expiatoria y el fundamento de la salvación. Así se afirma en 22,19: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros». Pero el evangelista no insiste demasiado en ello como hizo Pablo. Lucas muestra que la teología de la gloria o de la resurrección es más importante. Es cierto que la muerte en la cruz ocurre según un plan de Dios, pero esa muerte sirve ante todo para llevar a Jesús a la gloria. En el Evangelio de Marcos los discípulos habían de seguir a Jesús en el camino de la cruz, mientras que en Lucas los discípulos son fundamentalmente testigos de la resurrección de aquél. La resurrección será para Lucas el verdadero evento central de la salvación, el que inaugura el tiempo que más interesa pragmáticamente a sus lectores, la época de la Iglesia.

• La cristología de Lucas no difiere mucho de la de Mateo, aunque tiene naturalmente sus matices. Tras la estela dejada por sus antecesores, Lucas corrige también la posición de Pablo respecto a la vida terrena de Jesús: ésta desempeña igualmente un papel importante en el plan divino de la salvación. Por ello aumenta los rasgos biográficos del personaje como lo hizo Mateo. El Jesús de Lucas no es sólo el salvador universal, sino también un hombre que crece en edad y sabiduría (2,52), y que tras su resurrección es un ser de carne y hueso, que come y habla con sus discípulos (24,36-46). Jesús es sin duda, como para Mateo, el Hijo de Dios a quien avala todo el Antiguo Testamento. Al principio del Evangelio, el ángel de la anunciación indica claramente a María que lo nacido de ella «será llamado» (es decir, «será» simplemente) «Hijo del Altísimo», pues el «poder de Dios» lo engendrará de modo directo sin concurso de varón (1,32-35); es hijo, por esencia, de Dios. Lucas habla con más naturalidad que Mateo del carácter divino de Jesús probablemente porque procede de un ambiente helenístico en el que la divinización de un ser humano se contempla con mayor naturalidad.

Sin embargo, como Jesús es ante todo un ser movido por el Espíritu, el Evangelio de Lucas lo muestra preferentemente como el profeta por excelencia (siete veces se le designa así; cf. 24,19: «Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo»). Su pasión y muerte adquieren un tinte especial al dibujar los sufrimientos del mesías como los padecimientos propios de un profeta inocente (13,33). La historia de la pasión aparece descrita en Lucas con tintes de acto de servicio del profeta por excelencia: es un martirio, una muerte injusta por decisión ilegal de los judíos («Pilato entregó a Jesús a la voluntad de los judíos»: Lucas 23,25). El aspecto de muerte = redención queda igualmente poco resaltado. El profeta-mártir-mesías aparece para los cristianos como modelo del sufrimiento inocente por su paciencia y perdón. Para Lucas la fe cristiana significa en esencia la imitación de Jesús como modelo tanto en su vida normal como en su pasión. Así, por ejemplo, es él un tipo de hombre piadoso, que reza continuamente (3,21; 9,18).

El evangelista acentúa para sus lectores el aspecto humano de Jesús. Éste es «el Señor», sin duda, pero ante todo es compasivo, pasa haciendo el bien y muestra un amor especial hacia los pecadores, los pobres, las mujeres y los discriminados. De algún modo, el brillo radiante de la divinidad de Jesús queda compensado por estos rasgos tan humanos.

• El concepto del mesianismo de Jesús en el Evangelio de Lucas es similar al de Mateo. Pero el lector de Lucas 1-2 tiene al principio otra impresión: al considerar los himnos cargados de referencias al Antiguo Testamento con claras alusiones a la liberación política de Israel se creería situado en un ambiente de mesianismo y de reinado de Dios que se corresponde con lo que pensaba el pueblo judío normal en época de Jesús. Pero no es así, pues la lectura de las páginas siguientes del Evangelio hacen cambiar el panorama. Entonces el lector ve que para Lucas la función de esos capítulos consiste en aclarar que el mundo profético de Israel se resume en Juan Bautista, precursor de Jesús, y que ese mundo pasa a Jesús en cuanto que en él se cumplen las promesas de todas las Escrituras sagradas, pero el mesianismo de Jesús es diferente. Ya hemos visto que es un mesías doliente que muere en la cruz. En esta línea Lucas presenta a sus lectores un mesías totalmente pacífico, como el del evangelista Mateo, un Jesús alejado de la vida política y social de Israel, que rompe el esquema tradicional judío del mesías político-guerrero como «Hijo de David». El mesianismo de Jesús y el reino de Dios que éste anuncia insisten más bien en recibir una recompensa en el cielo, no en la tierra. Tanto en Mateo como en Lucas las Bienaventuranzas terminan así: «Alegraos en ese día [cuando persigan y maldigan a los cristianos] y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (6,23). Lucas introduce en el episodio de la entrada mesiánica en Jerusalén el añadido propio de «paz en el cielo y gloria en las alturas» (19,38). Esta frase traspone a otro plano, el celeste, y a otra tesitura, la paz, la esperanza mesiánica judía, similar a la del Jesús histórico.

• El concepto de reino de Dios se mantiene formalmente en el Evangelio de Lucas, pero recibe algún retoque. Se nota en el tercer evangelio una tendencia a insistir en que el Reino ya ha empezado de algún modo en el presente, pues «el reino de Dios está entre vosotros» (17,21). Esta frase, de difícil interpretación, quiere probablemente significar tanto «en medio de vosotros» como «a disposición vuestra», es decir, el ser humano debe participar activamente en él ya en el presente. Quizás Lucas deseó apartar la atención de cálculos apocalípticos sobre el fin del mundo, que tenían un punto de desconfianza en Dios, y pensaba en una presencia divina en medio del pueblo fiel ya en el presente. Por medio de la penitencia el reino de Dios se sitúa a su alcance, en el ámbito humano y por eso está entre ellos. Aunque con el ministerio de Jesús el reino de Dios ya ha comenzado, de ningún modo estos inicios oscurecen totalmente en Lucas la idea básica de que el reino de Dios es futuro: está cerca, pues aún no ha llegado (Lucas 21,27). Pero el concepto de futuro unido al retraso de la parusía hace que en el tercer evangelio el reino de Dios se aleje en el tiempo y pueda pensarse más como interno, espiritual y trascendente, como ha ocurrido en parte de la interpretación hasta hoy día. «Le importaba menos a Lucas la proclamación de la venida inminente del Reino que esclarecer su verdadera naturaleza, tal como se veía con la perspectiva de unos cincuenta años después de la muerte de Jesús. El reino de Dios se hizo manifiesto en el ministerio de Jesús. La pertenencia a la Iglesia, que es la representación de ese Reino ya comenzado de algún modo en el presente, es lo importante para Lucas. Si la creación y la parusía son los límites extremos de la historia mundana y de la salvación, para el creyente en Jesús lo importante ahora es pertenecer a la Iglesia, en cuyo tiempo se está. Este tipo de reino de Dios y este mesianismo, tan distinto del que presumimos fue el del Jesús histórico, era absolutamente aceptable por las masas del Imperio romano» (Fuentes del cristianismo, 349-350). Lucas sigue la estela de Pablo.

• Respecto a la función salvífica de la Ley, que como vimos había enfrentado al evangelista Mateo con la enseñanza de Pablo, se observa en Lucas una doctrina un tanto contradictoria. Por un lado, el Jesús lucano afirma que «la Ley y los Profetas llegan hasta Juan» [Bautista]; a partir de ahí comienza a predicarse algo distinto, la buena nueva del reino de Dios, donde a tenor de lo dicho imperará otra ley (Lucas 16,16.17). Por otro, transmite una sentencia de Jesús que contradice la frase anterior: «Más fácil es que el cielo y la tierra pasen, que no que caiga un ápice de la Ley» (16,17). Mas al considerar el conjunto del Evangelio y sobre todo el capítulo 15 del libro de los Hechos, se ve que según Lucas seguir a Jesús no significa cumplir la Ley tal cual lo entendía el judaísmo normal. Lucas pensaba en dos vías de acceso a la salvación: una la de la Iglesia madre de Jerusalén y la de cuantos fueran judíos de corazón: para ellos sigue teniendo eficacia salvífica la Ley, que debe observarse. Otra, para los paganos (Cornelio: Hechos 10), para quienes todos los alimentos son puros. Por tanto no tienen que cumplir las normas alimentarias de la Ley. Así pues, Lucas presenta un estadio intermedio entre las posiciones de Pablo en Gálatas y de Mateo: la letra de la Ley se supera sin especiales traumas dentro de la historia de la salvación, que distingue entre el pasado, en el que va incluido Jesús que está bajo la Ley, y un presente y futuro, tiempo de la Iglesia, en el que la Ley ha cumplido ya su función de ser un cauce para la época del Espíritu. Cuando impera éste, sus normas sencillamente han pasado.

• Al igual que en Mateo, la imagen de un mesías doliente y totalmente pacífico conduce a proclamar una ética distinta a la que se supone que tuvo el Jesús histórico (cf. cap. 9). La ética del arrepentimiento escatológico que predicaba Juan Bautista y que continúa Jesús (Lucas 3,10-14) se va desplazando en la tradición que recoge Lucas hacia una ética intemporal del amor. Es decir, Lucas no insiste en una moral urgente de seguimiento (abandonar la familia, el dinero y el trabajo; orar sólo a la espera del Reino), sino más bien en la entrega absoluta a la voluntad de Dios, en un servicio radical al prójimo, sobre todo a los pobres, renunciando a la vez a toda implicación en los problemas mundanos y políticos. Los Hechos seguirán esta tendencia. Se tratará, pues, de una ética acomodada a un tiempo largo de espera de la parusía, una moral más humanista, más universal, menos judía y sin implicaciones políticas. La vida cristiana, es decir, el reino de Dios que comienza ya en el presente, se halla centrada en esta vida en la paciencia y la perseverancia (8,15), hasta que llegue el momento de recoger, en la otra, los frutos sembrados aquí.

• Importancia de Jerusalén como lugar teológico. La ciudad santa del judaísmo tiene gran importancia teológica en el Evangelio de Lucas. Esto se observa simplemente por el número de veces que la nombra utilizando sus dos formas griegas: Ieroúsalem y Hierosólyma. Ieroúsalem aparece unas 74 veces en el Nuevo Testamento de la cuales 63 en Lucas -Hechos. Hierosólyma es mencionada unas 36 veces en el Nuevo Testamento, de las cuales 28 en Lucas – Hechos. Jesús como profeta debe completar su misión en Jerusalén. Como mesías debe hacer allí su aparición final: tiene que subir a Jerusalén (9,51; 13,22; 17,11). El final del ministerio de Jesús tiene su clímax en la resurrección, apariciones (en Lucas sólo en Jerusalén; no en Galilea) y ascensión en Jerusalén. La primera efusión del Espíritu Santo tendrá lugar allí (Lucas 24,49 y Hechos 2). Desde allí ha de realizarse la expansión del Evangelio que llegará hasta «los confines de la tierra» (Hechos 1,8). La destrucción de Jerusalén es consecuencia del comportamiento de los judíos con Jesús, especialmente su injusta pasión y muerte (19,44). Según Lucas, Pablo inicia sus primeros contactos con el joven cristianismo en Jerusalén (martirio de Esteban: Hechos 7,58); va a Jerusalén después de su conversión (Hechos 9,26ss en contra de Gálatas 1,17); vuelve necesariamente a Jerusalén al final de su periplo misionero («Después de esto resolvió Pablo ir a Jerusalén… porque se decía: desde allí iré a Roma: Hechos 19,21) donde es apresado. En Hechos se verá cómo el proceso de expansión de la Palabra va desde Jerusalén hasta Roma, donde Pablo predica libremente el Evangelio (28,31).

Es curiosa esta importancia concedida por Lucas a Jerusalén como lugar teológico dado que su Evangelio fue compuesto precisamente después de que la ciudad y su templo hubieran sido destruidos. Pero el evangelista tiene dos razones: a) indicar precisamente cuando ya no existe Jerusalén y hay poco peligro intelectual de confundir a cristianos con judíos, que el cristianismo nace del judaísmo. El cristianismo es la continuación del verdadero Israel; b) El Evangelio parte de Jerusalén y camina hacia Roma. Es decir, la Palabra es la salvación de Jesús no sólo para los judíos sino también —y sobre todo si los judíos se mantienen empecinados en su increencia— para los gentiles (Lucas 24,47). Es posible que precisamente esta destrucción fuera lo que hizo concebir a Lucas la idea del paso necesario del Evangelio, dentro de la historia de la salvación, desde Jerusalén hasta Roma. Ésta era aún más el centro del mundo cuando escribía Lucas después de que el Imperio había acabado con la ciudad donde Jesús se había manifestado como mesías y profeta, en donde murió, resucitó y ascendió a los cielos. La historia profana va en Lucas a la par que la religiosa. El centro del cristianismo es, para Lucas, Roma.

• El Espíritu de Dios tiene una función esencial en la historia de la salvación. Algunos intérpretes caracterizan el Evangelio y los Hechos como dos momentos de la intervención del Espíritu. El Evangelio es el libro del ministerio del Espíritu a través de Jesús. Los Hechos son el libro del ministerio del Espíritu a través de los Apóstoles = la Iglesia. En el Evangelio de Lucas el Espíritu tiene una función fundamental:

— Juan Bautista está lleno del Espíritu desde el vientre de su madre (1,15 + 1,41).
— Zacarías profetiza el futuro ministerio de Juan lleno del Espíritu (1,67ss).
— El Espíritu Santo hace que María conciba a Jesús, Hijo de Dios (1,35).
— El Espíritu mueve a los piadosos de Israel a aceptar a Jesús como mesías (2,25-26).
— Jesús como juez escatológico «bautizará en Espíritu Santo y fuego» (3,16).
— El Espíritu tiene una función esencial en el bautismo de Jesús (3,22).
— «Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto» (4,1).
— El ministerio de Jesús en Galilea se realiza «impulsado por el Espíritu» (4,14).
— El resumen y propósito del ministerio de Jesús es «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ungió para evangelizar a los pobres» (4,18).
— La doctrina que imparte Jesús está gobernada por el Espíritu (10,21).
— A la hora de su muerte Jesús devuelve su espíritu al Padre (23,46).

 

En síntesis: la visión global de los intereses teológicos de Lucas nos hace percibir que el propósito de la primera parte de la doble obra, el Evangelio, es variado. En primer lugar el autor pretende ofrecer una narración histórica con el fin de asegurar a los creyentes que no creen en vano. A tenor del prólogo, el deseo del evangelista de afirmar la seguridad y firmeza de la proclamación cristiana es claro: los que vieron a Jesús han transmitido sus obras y dichos fielmente; la venida del reino de Dios en la persona de Jesús es un hecho incontrovertible; hay una relación estricta entre sagradas Escrituras y su cumplimiento en Jesús; la Iglesia está unida a Jesús y su actuación está condicionada por la vida de éste. Si el Evangelio de Marcos podía ser entendido como un drama apocalíptico, cuyo final (el fin del mundo y la vuelta de Jesús) vendrá pronto, el de Lucas intenta ser más una historia real de Jesús que fundamenta la actividad de la Iglesia tras la resurrección. Lucas tiene también interés en suscitar en los lectores una imagen de Jesús con unas características peculiares como se ha visto en el apartado de la cristología de este capítulo. De ella se deduce cuál es la manera lucana de entender la buena nueva de Jesús y cuál es su recta proclamación. Para Lucas parece no haber existido ninguna diferencia ni cambio alguno entre la vida real de Jesús de Nazaret y el Jesús que proclaman sus seguidores (es decir, no hay divergencia entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe). Todo estaba previsto así: predicho por las Escrituras; anunciado y predicado desde el principio por los testigos de la resurrección. Esta idea se complementará en los Hechos. Para Lucas la etapa iniciada tras la resurrección de Jesús es un proceso histórico continuo, sólido y concordante. El autor presupone ya una especie de tradición de la «doctrina apostólica»: para él no parece existir ninguna evolución doctrinal en el cristianismo. El Evangelio es sólo uno y fue el mismo siempre. El tránsito del antiguo Israel a una comunidad nueva, el nuevo Israel, compuesto sobre todo de gentiles, se da implícitamente en la predicación de Jesús. Ello afirma también una continuidad con el Israel del pasado al ser los fieles del presente los receptores de la promesa de salvación efectuada antiguamente a Abrahán.

(Guia para entender El Nuevo Testamento – Antonio Pîñero)

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